¿Qué importancia tienen los libros?
El pensador italiano Giovanni Sartori escribió en relación a la constante transformación del hombre ante la revolución de los multimedios. Investigó la influencia de la política en los medios de comunicación, la transformación del niño y el adolescente en seres ayunos a los estímulos de la lectura y los saberes transmitidos por la cultura de los libros y la formación de supuestos referentes en la opinión pública.
Giovanni Sartori concluyó que pasamos de la cultura escrita a una nueva cultura audiovisual, donde la fuente de conocimientos es el universo del sonido y las imágenes. De la complejidad del conocimiento a la mera información o al chisme de almacén.
Este viraje cultural destruye el pensamiento abstracto, pues los procesos mentales son diferentes a los mecanismos visuales y auditivos. La forma de conocer es mediante la palabra. Pero, ¿cómo nos enteramos de un conflicto bélico entre países? Mediante imágenes de edificios en ruinas, fotografías de aviones surcando el cielo, testimonios de heridos, etc. Nunca textos históricos, cuadros sinópticos, conformación genealógica de los pueblos, en fin, una exposición detallada y minuciosa de conceptos y fundamentos que hagan razonar los motivos e intereses que hay detrás de una guerra.
Un comercio ardiendo en llamas, emitido desde la señal de un noticiero o grabado desde un dispositivo móvil, es un comercio ardiendo en llamas. Algún corresponsal objetará, «La imagen vale más que mil palabras». ¡Error! ¡Es al revés! ¡Una palabra representa mil imágenes! Los versos de Homero son superiores a las películas de superhéroes.
El hombre del siglo XXI carece de paciencia física, mental y espiritual para sentarse a leer a Petrarca, Sófocles o Bertrand Russell. Trabaja entre 10 o 12 horas y no le interesa en absoluto las cartas de Schiller ni los versos de Lord Byron, porque está signado a mejorar su bienestar. Entonces, si es verdad que el dinero hace la felicidad, ¿por qué invertir en libros? ¿A qué internarse en las páginas del Paraíso perdido? Justamente, las delicias de la inteligencia y del espíritu requieren una inversión de tiempo. No caben dudas que la necesidad del consumo adormece la inquietud intelectual.
En primer grado nos hacía leer en voz alta. Recuerdo padecerlo con una vergüenza que rozaba la humillación. ¡Había que ser muy valiente y leer sin equivocarse, delante del resto de la clase! ¿Y qué mensaje recibe el alumno para que aprenda a leer? Pregunto, porque si el plan educativo consiste en robarle los recreos y forzarlo a que sepa leer de corrido, sin ningún fundamento, pues, no habrá libro que resulte tortuoso y degradante. A la larga, provocará que rechace la lectura.
La lectura amplía el horizonte del goce y ese mensaje no lo recibe el estudiante. Se exige estudiar para ser alguien en la vida, no que cada nuevo saber depara nuevos placeres. Durante décadas hubo una educación general que aplastaba el interés del alumno. En lugar de afinar la puntería y la profundizar el goce personal, la educación giró en dirección al consumo y al éxito sin el menor esfuerzo. Bastará observar que antes que médico, científico o filósofo, los niños prefieren ser futbolistas y los jóvenes cantantes o panelistas de televisión.
Otra prueba de la sociedad de consumo es la influencia comercial en los útiles escolares… «Para que su hijo aprenda jugando, ¡cómprele los exclusivos marcadores de Spiderman!». ¡Una estupidez! Salvo que los crayones sepan contar chistes verdes, la trigonometría no es divertida. En todo caso, dificultosa.
Cuidado. Cuidado con enmascarar el proceso formativo alrededor de la joda. De convencer al alumno que las nociones ingresan en la mente como juegos de barajas y las estaciones del año son el pato Donald, Pluto, Mickey y Goofy. Esto de engañar al alumno y disfrazar la educación como si fuese un cumpleaños, perjudica al que desea distinguir los mayores placeres.
El conocimiento es hijo de la lectura. Un baqueano instruido en la calle, leerá sus huellas y retruques como ninguno, pero allí sucede otro aprendizaje. Antiguamente, los barrios parecían el patio trasero de nuestras casas. Las casas tenían el nombre de un vecino, el almacén era cuna de novedades y confidencias y las veredas daban testimonio de centenares de escondidas y manchas venenosas.
Dominar la historia del barrio supone entender una geografía en común y eso se adquiere en la calle. Malas noticias, la calle no enseña nada. El aprendizaje de la calle derrumba cualquier asombro filosófico. Ninguna ciencia se vislumbra detrás los que discuten política, fútbol o el aumento del tomate. Hablar de libros les produce fatiga, pero quieren dárselas de lectores, solo porque leyeron «Platero y yo» y «El principito».
La lectura de Sir James Frazer es gratificante, distinto al pronóstico meteorológico de las revistas o la formación de Boca Juniors que publican los portales de Internet. La gente es muy ansiosa, no espera los grandes placeres. Quiere una satisfacción inmediata. Y tan mal no les va, de lo contrario, no se explicaría el éxito de los libros condensados.
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Platón aseguraba que el maestro elige al discípulo, pero el libro no puede elegir a sus lectores.
Resulta difícil establecer cuál es el rol social de la literatura, eso llevaría a preguntarnos quién decide ese rol. Una sentencia griega afirmaba que las acciones concluían en un libro. Los hombres peleaban guerras, trenzaban conflictos y amaban para que sus destinos sean cantados a través de los siglos. Los cantos homéricos no pretendían otra cosa que darnos a conocer el destino del hombre en la Tierra.
El rol de la literatura es justificar el mundo. Si no fuese por la literatura, no existiría el mundo, ni avanzaríamos como hombres… Las cosas ocurren para que las contemos.
Un amigo contaba haber visto dos cajas repletas de libros, entre un poste de luz y un cesto de basura. Detuvo el auto y las cargó. Sin ser devoto de la lectura, le pareció indignante que los libros acabasen de esa manera. Lo que pasa es que el libro ilumina un respeto casi sagrado, siquiera como objeto… Fíjese que juntar hojarasca y quemarla o regalar ropa vieja y desprenderse de ella, no parece tan demencial que hacer lo mismo con un libro.
Alejandro de Macedonia fundó en Egipto la ciudad de Alejandría, en el año 331 a.C. Poco después se fundaría la Biblioteca de Alejandría, un centro cultural que pretendía compilar las obras del saber humano en una suerte de colección inmortal para la posteridad.
La primera destrucción data del año 47 a.C., mientras se disputaba el trono de Egipto. Julio César había acudido a Alejandría y apoyar a Cleopatra, pero su ejército fue sitiado en un palacio fortificado de los Ptolomeos. Lamentablemente, un incendio se extendió desde el palacio a una sección de la biblioteca y del museo. Algunos cuentan que ardieron alrededor de 40.000 rollos, otros, en cambio, la biblioteca entera. Sea cual fuere la magnitud del desastre, Marco Antonio resolvió donar libros procedentes de Pérgamo, en compensación a la destrucción de la biblioteca alejandrina.
Posteriormente, los romanos hicieron caer la ciudad de Alejandría y la Biblioteca siguió un lento camino hacia la decadencia. Asimismo, pestes, vandalismos, usurpaciones políticas y demás conflictos, agravaron la vida cultural y en particular, la conservación de libros. Para colmo, a finales del siglo III, los emperadores Aureliano y Diocleciano volvieron a arrasar Alejandría, sin olvidar el avance de la cristiandad en el siglo IV. A esas alturas, la Biblioteca había compilado gran parte de los saberes del paganismo clásico, justamente la clase de cultura que rechazaban los cristianos.
La desaparición de la Biblioteca de Alejandría constituye la pérdida cultural más simbólica de la historia, comparable a la fogata de libros del siglo XII que hicieron los cruzados al tomar Constantinopla o la que tuvo lugar en la plaza pública de Bebelplatz, tiempos del nazismo.
Bernard Shaw publicó una comedia en la que el fuego amenaza destruir la biblioteca de Alejandría. Alguien exclama que ardería la memoria de la humanidad y el personaje de Julio César responde, «Déjala arder. Es una memoria de infamias.»
Borges opinaba que el verdadero Julio Cesar hubiese podido aprobado o condenado ese dictamen, pero no lo juzgaría un acto sacrílego y nosotros sí.
Los antiguos intuían que la palabra escrita, tarde o temprano, sustituiría a la palabra oral. Un enorme opositor de la escritura fue Pitágoras. El filósofo matemático no escribía, más bien profesaba la virtud de la oralidad. Otro que odiaba la escritura era Sócrates, justificándose en que el oyente dejaba de prestar atención.
Platón señalaba la dificultad de revelar el origen del universo a todos los hombres. A decir verdad, no confiaba en la difusión general de la enseñanza. También narró una fábula egipcia contra la escritura, aclarando que ese hábito hacía que la gente descuidara el ejercicio de la memoria y dependiera de símbolos. Según Platón, los libros son figuras pintadas que no contestan las preguntas que se les hacen. Esta objeción literaria era bastante común en la antigüedad. Dado el impedimento de postular diferentes puntos de vista y no contradecírsele, pues, el libro parecía un objeto perfectamente inútil. Al menos, ajeno a la dialéctica. De ahí que los libros platónicos tuviesen forma de diálogos filosóficos. Platón fingía unos diálogos con los discípulos, para ello, introdujo la figura del maestro.
El método platónico requiere un artesano del conocimiento. Así se construyen los ensayos, donde no es extraño hallar citas extraídas de algún libro, de alguna novela, de algún escritor o filosofo antiguo. Aún las más ingenuas, ya han sido formuladas. En este sentido, Sábato pensaba cómo tiene que proceder el autor. ¿Debe citar mucho o poco? Si cita mucho pecará de erudición y si cita poco, de soberbia, de no querer compartir la visión del universo con nadie.
Durante un largo tiempo, la lectura se realizaba en voz alta. Aristóteles aconsejaba a su pupilo Alejandro de Macedonia concentrarse en las palabras. Así que ni bien recibía cartas de sus generales, Alejandro se encerraba en su tienda para leerlas en voz alta. Otro que se ocultaba de los ruidos del exterior fue Séneca.
En un tratado del siglo II. el sabio Clemente de Alejandría recomendaba enseñar desde la voz, porque lo escrito quedaba lejos de la memoria. Sin embargo, creía peligroso enseñar la escritura. tanto como darle una espada a un niño. Clemente había afanado esas duras palabras a Jesús, acaso el mayor de los maestros orales, quien una sola vez escribió en la tierra y no las pudo leer ningún hombre.
Las fuentes cuentan que San Agustín vio leer a San Ambrosio en completo silencio. Tal vez lo hacía porque no existían los signos de puntuación o simplemente deseaba preservar su voz. El asunto es que San Ambrosio pasaba del signo de la escritura a la intuición, omitiendo el signo sonoro. Ahora bien, este recurso de leer en silencio, acarraría consecuencias maravillosas… Al concepto de libro como instrumento para recordar la palabra que puede olvidarse, lo reemplazará el concepto de libro como propósito.
Es probable que San Ambrosio haya inaugurado una nueva manera de pensar un libro y no simplemente de omitir la palabra hablada. Saltea una etapa mental, acostumbra la mente a una tarea para la cual no estaba preparada. Por eso se leía en voz alta. A nadie se le había ocurrido atravesar el signo visual, sin detenerse en el sonido.
Recién desde el siglo IV empezaría el predominio de la palabra escrita sobre la palabra hablada, de la pluma sobre la voz. Ciertamente, la escritura significó una conquista del hombre, esto es, descubrir la posibilidad de pasar del signo a la idea, sin hacerse la ilusión del sonido.
Al leer no escuchamos las palabras, sino que pasamos del símbolo visual al concepto. Por un lado, el portador de conocimientos, por el otro, el que aprende a leer en silencio. A partir de ese momento, el libro reemplaza a la palabra oral y se vuelve algo diferente y sagrado… Porque las palabras de un libro son incorruptibles.
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Dicen que Raziel es capaz de revelar la verdad o lo que usted desee, con solo mirarlo a los ojos.
El arcángel Raziel es autor del libro Sefer Raziel HaMalaj, cuyas páginas abarcan el saber divino. Al estar cerca del trono de Dios, Raziel anotaba los chismes celestiales. Adán y Eva fueron los primeros que leyeron aquel libro y así comprender un poco mejor a Dios. Los ángeles entraron en pánico y arrojaron el libro al mar, pero el demonio Rahab logró recuperarlo. Set heredó el libro, agregó un par de textos y recayó en manos del arcángel Rafael. El arcángel se lo facilitó a Noé y aprendió a construir el arca. Más tarde fue el turno de Salomón y obtuvo mayores conocimientos. Después parece que desapareció para siempre.
Los ministros del Zohar adhirieron a que el libro de Raziel ocultaba las claves para entender los misterios del mundo, aunque lamentaban que estuviese escrito en un código secreto, indescifrable hasta para los ángeles más ilustres.
Según la versión precristiana, Dios entregó al arcángel no uno, sino dos libros. El primero era el Sefer Raziel HaMalaj. El otro era la Torá, Ley de Dios o Pentateuco, aquel que recibió Moisés en el monte Sinaí.
El libro de Raziel describe los secretos del hombre, las combinaciones de la astrología, el significado de los planetas y su influencia sobre la Tierra. Enseña la utilización de la energía hallada en el entorno espiritual, cuestiones de la vida eterna, reencarnación del alma, la naturaleza de los ángeles temporales y otros asuntos.
Desde las anotaciones que hicieron Set, Enoc y Caín, el libro no paró de absorber agregados y convertirse en un tratado de magia. A cada extravío, mayor contenido de fórmulas caseras y trucos de dudosa efectividad. Y siendo una obra que carece de una última letra, un último procedimiento, una última corrección, nos sale al paso la pregunta… ¿Quién se anota como el verdadero autor? Tal vez ni Dios lo sepa.
Al concepto de Dios, en tanto fuerza creadora y trascendental, se incorporan las Santas Escrituras. Para los musulmanes, el libro Alcorán no es una obra de Dios, sino un atributo. Una obra de Dios son las almas humanas, en cambio, un atributo su eternidad. En un capítulo asegura que el texto original está depositado en el Cielo, lejos de ángeles indiscretos.
Los cabalistas redactaron Libro de la Formación, revelando que Dios creó al mundo a partir de las letras del alfabeto. Dios las grabó, mezcló, pesó, permutó y originó todo lo que es y será. Asimismo, el poder que tiene sobre el aire, el agua, el fuego, la sabiduría, la paz, la gracia, el sueño y la cólera.
Francis Bacon declaraba que la divinidad había escrito dos libros, uno eran las Santas Escrituras y el otro el universo y que el segundo era la llave del primero.
El ensayista Sir Thomas Browne dijo que las cosas que hace el hombre son artificiales y que la vida es arte divino, es decir, solamente hay arte en las obras de Dios. Para Thomas Carlyle, la historia universal es una escritura que desciframos, escribimos y en la que además nos descifran y nos escriben.
León Bloy sugería que no existe ser humano que sepa por qué ha venido a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, ni ideas. Siquiera cuál es su nombre. La historia es un texto donde ni las letras ni los signos ortográficos valen menos que los versículos bíblicos, aunque la importancia de ambos es indeterminable y profundamente escondida.
Conforme la mirada de Mallarmé, el mundo existe para un libro. Somos versículos. palabras o quizá letras de un libro mágico… Y ese libro resulta ser la única cosa que le da sentido al mundo.
Si nuestras vidas son capítulos de un libro y ese libro es el universo, significa ni más ni menos que el universo tiene un sentido. Y mejor aún, que somos parte de ese sentido.
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Los chinos utilizaban la escritura para comunicarse con los dioses. Cuando ofrecían un sacrificio, pedían una bendición y ese pedido era escrito. En las primeras épocas de la dinastía Shang, los chinos anotaban en huesos de buey o en caparazones de tortugas.
Más adelante, dinastía Zhou, los escritos dejaron de referirse exclusivamente a cuestiones sagradas. El gobierno imperial comenzaba a manejar documentos políticos, la relación entre el emperador y los gobiernos subordinados produjo tal cantidad de documentos que fue necesario establecer archivos en las cortes reales y feudales. Y estos archivos eran tan valorados, que las crónicas registran como un acontecimiento nefasto la muerte o deserción de un archivista imperial.
Unos libros de aquel período fueron los Cinco Clásicos, una doctrina recopilada que Confucio enseñaba a sus discípulos. Era un corpus de textos que recaía sobre la sociedad, el gobierno, la literatura y la religión en China.
Los Cinco Clásicos constan de las siguientes partes, a saber...
—Yìjīng, el libro de las mutaciones
—Shūjīng, el libro de la historia
—Shījīng, el libro de la poesía
—Lǐjīng, el registro del rito
—Chūnqiū, los anales de primavera y otoño
Durante la dinastía Zhou se instituyó la primera biblioteca china. El funcionario de ritos y ceremonias religiosas custodiaba y protegía la obra completa de los Cinco Clásicos y documentos relacionados a la moral. Los demás funcionarios, llamados registradores, tenían asignado los archivos menos importantes. Casualmente, el primer bibliotecario pertenecía a este grupo y se le había confiado ese puesto porque era dueño de cinco carretillas de libros.
A los funcionarios no se les encomendaba la preservación o restauración de los libros, sino una rigurosa lectura que permitiese una no menos rigurosa transmisión oral. O sea, el funcionario se aprendía de memoria un libro, cosa que, si se estropeara o perdía, podría reconstruirlo desde la memoria. Resulta extraordinario que un bibliotecario tuviese la obligación de leer los libros que cuidaba. Hoy el bibliotecario está alejado de la lectura, más bien son tareas de archivo, protección, limpieza y seguridad. Cuanto mucho, garantizar el rápido hallazgo de un libro.
China se unificó a partir de la dinastía Qin, allá, hacia el siglo II a. C. Parte de sus planes de centralización política consistieron en simplificar y organizar el sistema de escritura. El príncipe que llegó al poder se llamaba Zheng y tras proclamarse emperador, cambio de nombre a Shǐ Huángdì. Este emperador fue aquel que una noche atendió sexualmente a 1.200 concubinas… Supuestamente.
El caso es que Shǐ Huángdì resolvió abolir el pasado. Revocar la historia. Para ello, suprimió la libertad de expresión y ordenó quemar cientos de miles de libros y enterrar vivos a 460 eruditos confucianos. Los que se salvaron fueron esclavizados y enviados a construir la Gran Muralla China. Borges encuentra una rima entre la construcción de la Gran Muralla para contener a los bárbaros y la destrucción de los libros que pudiesen alentar la opinión contraria del pasado.
Shǐ Huángdì buscó el elixir de la inmortalidad. Es más, prohibió mencionar a la muerte. Fue responsable de construirse un mausoleo del tamaño de una ciudad, custodiado por un ejército personal de 8.000 soldados, una colección de estatuas hechas de terracota que representan las figuras de guerreros y caballos.
La quema de libros no fue efectiva del todo. Algunos los escondieron en las paredes de sus casas y gracias a ellos se conservan los clásicos confucianos. Por lo demás, el emperador no consiguió evitar la muerte ni el olvido.
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El asunto cambia en la dinastía Han. Establecen una biblioteca imperial, autorizan la tenencia personal de libros, fomentan la lectura en regiones lejanas, etc. Se trata de una época dedicada a recuperar libros perdidos.
Cada página de los libros chinos, antes de la invención del papel, era una tira estrecha de bambú sobre la cual se inscribía una línea vertical de caracteres. Se unían a unas tablillas con hilos de seda y formaba un rollo. En algún momento ofrecieron cuantiosas recompensas por préstamos de libros a la biblioteca imperial. Incluso había expertos que recorrían regiones y regiones, examinando y comprando libros viejos o colecciones descatalogadas.
Liu Ying, hijo del emperador, diseñó la primera clasificación de libros chinos y los dividió en categorías de clásicos, filosofía, poesía, ciencias militares, astronomía, matemáticas, adivinación, medicina y jardinería.
La preservación de lo escrito llegó a tal punto que tallaron hasta las piedras. Se sabe de textos clásicos e históricos escritos en las piedras que rodean el campo de una universidad imperial. Los budistas hicieron lo mismo con el objetivo de que las palabras perdurasen en tiempos de persecución. En el año 605, en una gruta, construyeron una biblioteca que completarían 400 años después, dejando una herencia en más de 4.000.000 de palabras grabadas en 7.000 piedras.
Los chinos inventaron el papel en el siglo II d.C. Al ser un material más cómodo que el bambú, la madera o la seda, contribuyó a la difusión de la literatura y la alfabetización. El papel se fabricaba remojando y prensando fibras y materia de diferentes plantas, tallos de hierbas, cáñamo y corteza de árbol que secaban en hojas sobre bastidores o pantallas de madera.
El papel era un material económico. Un solo trabajador chino podía hacer 2.000 hojas de papel al día. Y entonces, copiaron libros y documentos, eso sí, tardaron 20 años en los miles de rollos de bambú que conservaban la historia del país. Mientras los copistas pasaban jornadas enteras trascribiendo, unas muchachas lustraban las páginas con pinceles hechos de piel de conejo para darles brillo.
El funcionario Ts’ai Lun decía que los libros eran esenciales para un buen gobierno. Inventado el papel, Ts’ai Lun ordenó la biblioteca imperial e impulsó el desarrollo de la caligrafía. El sentido que sigue la escritura del chino clásico es vertical, de arriba abajo y de derecha a izquierda. En cambio, el chino moderno se escribe en el mismo sentido que las lenguas occidentales, es decir, de izquierda a derecha y horizontalmente.
En este período, los chinos establecieron el primer diccionario e incluía poco más de 9.000 ideogramas, con explicaciones de sus significados y variantes utilizadas en la escritura. Por supuesto, el papel tuvo diferentes usos, como confección de mapas, dinero, embalajes, sombreros y mamparas.
Tras el cambio de dinastías, entre invasiones y rebeliones, la biblioteca imperial sufrió varias pérdidas y reducciones. Los biógrafos de la dinastía Tang cuentan que una vez la mudaron en barco hacia la nueva sede y el barco no tardó en hundirse.
La escritura china está compuesta de pictogramas, ideogramas y fonogramas. El pictograma es la comunicación de ideas, objetos o acciones representadas en imágenes o símbolos, ejemplo, las señales de tráfico. El ideograma es una imagen convencional o símbolo que representa la idea de un objeto y el fonograma es la letra o conjunto de letras que constituyen cada uno de los sonidos que posee una lengua.
Dada la abundancia de regiones, la escritura permitía entenderse sin hablar, porque la pronunciación variaba, pero no lo que representaba. A diferencia del latín en tiempos renacentistas, la escritura china garantizaba el entendimiento general. Aún en sus múltiples formas dialécticas e idiomáticas.
A pesar que la cantidad de libros resulta claramente superior a la antigüedad clásica, hoy cuesta ir a las librerías y encontrar un buen libro. Bueno, no parece una buena noticia que impriman tantos libros. La cantidad no hace la excelencia.
Hay autores que no pueden compartir estantería con libros de autoayuda, pasquines de ovnis o tratados de esoterismo y astrología. No me parece que Aprenda a ganar dinero en 30 días o un libro titulado Mi cuñada me tira onda, ¿qué hago? estén a la altura intelectual y narrativa de Rayuela... ¡Mamita querida! ¡Pobre Cortázar!
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Los siglos dieron lugar a una novedad que ayudaría a los copistas y fue nada menos que el pergamino. El pergamino estaba hecho con piel de vaca, cordero o cabra y así, el códice reemplazó a los rollos de papiro. El códice era un texto copiado a mano durante la Edad Media, anterior a la imprenta de Gutenberg.
En realidad, los chinos inventaron la imprenta. Los chinos esculpían la piedra con cinceles o buriles y esa piedra representaba una página. Después usted hacía las impresiones que quisiera, aunque no era un trabajo sencillo. El invento de Gutenberg fueron los tipos móviles que permitían armar y desarmar una página. Tampoco vaya a creer era soplar botellas, pero convengamos que cambió la historia en cuanto a la producción de libros.
Los materiales y el tiempo necesario para preparar un libro en el Medioevo promovieron la sacralización y la escasez de ejemplares. Por eso el libro fue un objeto sagrado, primero por ser vehículo del espíritu y porque era realmente carísimo producirlo.
En principio había que sacrificar al animal y despojarlo del pelo. Luego de retirar la piel se la tensaba en un marco y humedecía en una solución de cal. Finalmente, usaban una piedra pómez y pulían los restos. El interior de algunos libros estaba iluminado con polvo de oro y las encuadernaciones labradas en piedras preciosas. Debido al formidable costo, esta clase de libros iban encadenados para que no se los afanaran.
El scriptorium era una sala en los monasterios medievales dedicada a la copia de manuscritos. Allí los escribas copiaban textos religiosos y seculares, el ilustrador utilizaba pinturas con plomo y diseñaba las letras iniciales de los capítulos, los dibujantes de los tipos de letra, el rubricador que estampaba la firma del libro y el retratista a cargo de las imágenes que acompañaban las páginas.
Se utilizaban dos tipos de tinta, una de color negra conocida como atramentum, que correspondía al texto común y otra de color roja empleada en anotaciones previstas por el autor o editor del libro. Terminada la copia, el jefe de los escribas reunía los textos, ordenaba, releía, compilaba y los enviaba a encuadernar.
Dado que para obtener cuatro hojas necesitaban sacrificar un cordero, los pergaminos eran muy costosos. Algunos directamente borraban y reacondicionaban viejos manuscritos, como los cassettes de audio de los ’80 y entonces, a cada canción nueva, se borraba la anterior.
Los copistas ayudaban a difundir la literatura cristiana y pagana, pero no creaban cultura. Los más ambiciosos se concentraban en traducciones, cronología y composición histórica. ¿Y quién ejercían la labor de copista? Unos monjes que disponían de tiempo, educación y recursos en una tarea bastante penosa de cumplir.
El copista tomaba asiento, elevaba los pies en un apoyo y escribía sobre las rodillas. Un pupitre soportaba el libro que copiaba y a un lado, una mesa auxiliaba las plumas, tintas, cuchillos, un raspador para borrar y una regla. A estas incomodidades había que sumarle los extensos horarios, la ausencia de luz artificial y el aprovechamiento de velas y ventanas, las enfermedades al estar tantas horas en el monasterio, chupando frío. Naturalmente, el trabajo era lento. El mejor copista transcribía unas 30 páginas diarias, no poca cosa. Claro, pero una Biblia completa demoraba dos años. Para acelerar el proceso, desarmaban los libros y ponían a trabajar a varios copistas en simultáneo.
En general, no existía norma o regla al respecto. Muchos copiaban en absoluto silencio y como al copiar suele leerse en voz baja, a lo mejor habría algún que otro murmullo.
Los escribas de los monasterios irlandeses, al igual que los copistas italianos, escribían sobre los márgenes. Podríamos pensar en una literatura marginal, digamos, una literatura de la literatura. Seguramente comentarios no alusivos al texto en cuestión, más bien al momento mientras copiaban. Y sea producto del cansancio, aburrimiento o deseo de protagonismo del copista, el comentario señalaba unas interesantes observaciones. A veces mejorando el texto copiado y era un verdadero hallazgo. Veamos un ejemplo en el Cancionero de Petrarca…
Petrarca escribe unos versos a Laura, pero comprende que Laura pasa horas contemplándose en un espejo misterioso. Tanto el poeta como el lector coinciden en sospechar que ese espejo está bañado en las aguas del olvido, en las entrañas del infierno. En un costado del texto principal, asoma el siguiente comentario…
«Nos rodeamos de metáforas. Los rayos solares traen esperanza, el agua del mar el conocimiento, las noches tormentosas alteran los ánimos y la indiferencia dictamina el final del amo. Quizá haya espejos que nos encuentren atractivos, solo bastará preguntárselo. Vea, los espejos no hablan. En realidad, la belleza es una construcción poética del otro.»
No está nada mal. El fastidio del copista parece distanciarse del texto, sin embargo, de algún modo secreto se conecta al padecimiento del autor.
Por el contrario, leer en el margen, «Tiempo loco y no refresca», aleja al lector del libro. Aparece un tipo que no estaba en El Cancionero y que no era el escritor. El lector deja de confiar en el relato, porque un extraño aconseja no gastar tiempo en lo que está leyendo. No son irrupciones literarias planteadas por Petrarca, sino hijas del tedio y el dolor o el rencor hacia el autor o una enfermedad del copista. O todo eso al mismo tiempo. Evidentemente, la influencia de Gutenberg ha logrado que estos singulares comentarios no se volviesen a repetir en ningún otro libro.
Un género muy común, surgido de las acotaciones en los libros, es el subrayado. El lector que subraya la obra está añadiendo un elemento que no estaba. Entonces, empieza a leer Teogonía de Hesíodo subrayado por un amigo que se lo prestó y ahí ya hay un intruso. El libro fue escrito por Hesíodo, pero también por su amigo.
Subrayar un libro es también escribir, porque al subrayar confiere a las palabras un énfasis que no tenían o que Hesíodo no había reparado. El problema está cuando se subraya algo que demora la lectura. Ejemplo, «Antes que todas las cosas, en un comienzo, fue el infinito Caos» y subraya «en un comienzo». Usted se pregunta por qué decidió remarcar esas palabras y resuelve volver a la página anterior para ver qué fue lo que se perdió...
La escritura es andar a pie con la pluma, mientras vuela el pensamiento, de manera que cuando uno escribe, olvida lo que tenía pensado escribir. El novelista Robert L. Stevenson decía que después de escribir una página, la miraba de lejos para comprobar que todas las palabras apuntasen hacia el mismo lado.
A mí me parece que los mejores textos nos ponen alas, pero no estoy seguro que sea virtud del escritor, sino de fuerzas superiores… Sin dudas, hay una prosa muy bella y es la que dicta la musa.
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Lorenzo de Medici amaba coleccionar libros. A menudo enviaba los eruditos de su corte a buscar ejemplares, manuscritos y enciclopedias de los reinos vecinos. La colección era vasta y los humanistas florentinos tenían acceso a toda clase de consultas literarias, sin embargo, Federico da Montefeltro, duque de Urbino, envidiaba aquella maravillosa biblioteca.
El duque de Urbino dispuso 35 copistas encargados de superar la biblioteca de Lorenzo. Asimismo, contrató mercenarios a que atacasen correos y así robar los libros que iban hacia Florencia. Unos espías revisaban los catálogos de los Medici y se indignaba ante la novedad de un libro que no poseía.
Por fin, el duque de Urbino superó a la colección de su rival. Un librero llamado Vespasiano da Bisticci dijo que la biblioteca del duque contenía una exquisita colección de libros antiguos y modernos, sagrados y profanos. El duque apenas disfrutó el logro… Murió tempranamente.
En 1658, el Papa Alejandro VII quiso adueñarse de los libros, así que despachó hombres armados a Urbino con órdenes de trasladarlos al Vaticano. Sin embargo, los vecinos de Urbino estaban orgullosos de la biblioteca del finado duque y se produjo una revuelta. El Papa entonces les ofreció librarlos de impuestos por un año a cambio de los libros. Aceptada la propuesta, los libros fueron incorporados a la biblioteca del Vaticano.
Carlos VIII, rey de Francia, ostentaba una selecta colección de libros. Después de sitiar Nápoles, gran parte de la biblioteca real se trasladó a París. Los diplomáticos tenían instrucciones precisas de conseguir libros en los países que estuviesen destinados. En cada regreso a París, se presentaban con un ejemplar que el rey no tuviera. Sin esa suerte de credencial, Carlos VIII no lo recibía y su puesto peligraba.
En un intento de emular a su hermano Carlos V, fundador de la biblioteca del Louvre, Juan de Berry también coleccionaba libros. La diferencia era que la biblioteca de Juan de Berry consistía en libros prestados que jamás devolvía. Cuentan que hizo escribir en los tomos la frase, «Ce livre est à moi», es decir, «Este libro es mío». ¿Para qué? Bueno, para no devolverlos. A cada pedido de restitución, Juan de Berry se avergonzaba que le reclamasen tan poca cosa. De esa forma, poco a poco, armó una magnífica biblioteca… Como algunos amigos que conozco.
Al borde de la muerte y angustiado por su alma, encomendó devolver los libros que había pedido. Los auxiliares consultaron cómo los reconocerían y les dijo que darían cuenta… El espacio correspondiente a los ejemplares prestados y robados era el más imponente de la biblioteca. Finalizado
Finalizado un amor, suelen quedar libros sin devolver. Los buenos enamorados se refugian en la tristeza y no porque extrañen los libros, sino porque extrañan el amor.
La existencia de libros en una casa, tiende a ser llamadora. No importa que sea una biblioteca pequeña, los libros se anuncian solos. Claro, hace falta que estén al alcance, los libros llaman. El libro cerrado y acomodado en una biblioteca, lanza señales... Nos está invitando a la lectura.
Lamentablemente, niños y jóvenes prefieren los dispositivos digitales, no gracias a la existencia de lectura digitalizada, sino a causa de la ausencia de bibliotecas. Por mi parte sigo creyendo que los deleites de la lectura están en los libros y no en las redes sociales. De última, que las redes sociales despierten la curiosidad a descubrirlos.
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A inicios del siglo XIX, las principales ciudades de Francia, Austria, Italia e Inglaterra dieron cita a grandes figuras del ámbito literario. Estos encuentros ocurrían en unos bares donde el arte y el pensamiento fueron motivo de interminables tertulias.
El bar literario suponía un espacio de lectura, debate y estudio, cuya finalidad era reunir autores, lectores y aficionados a la literatura. Las actividades incluían presentación de libros, charla de autores y análisis de textos clásicos. Asimismo, la participación en talleres de escritura, torneos de recitación y producción literaria independiente. El objetivo central apuntaba a fomentar el diálogo, la creatividad y el gusto por la lectura.
Buenos Aires tiene un refugio enfocado en la literatura universal. Cuentan que sus actividades transcurren en un tiempo diferente, al igual que sucede en el reino de las hadas o el de los enamorados.
El bar dispone de un grandioso número de títulos. Algunas voces declaran que el sótano conecta a todas las bibliotecas del mundo. Los incrédulos, en cambio, que los libros son pocos y que la gente siempre lee los mismos. Sea como fuere, aquí viene lo asombroso… En aquel sitio, los libros son leídos por el mozo.
Sobre cada mesa hay un catálogo de libros. El cliente llama al mozo y luego de indagar el catálogo, ordena «El retrato de Dorian Gray». El mozo vuelve con un café y medialunas y después de aclarar la garganta, arranca…
«El artista es creador de belleza. Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte…»
El cliente que se siente cansado o apremiado en otros compromisos, puede solicitar la cuenta en cualquier momento y retirarse. No es obligatorio completar la lectura. El mozo cobra la consumición y las páginas que hubiese leído de Oscar Wilde.
Los mozos deben exhibir una correcta aptitud en la oratoria, es decir, detenerse en los puntos, enfatizar adecuadamente las exclamaciones y no adelantarse en los vaivenes del relato. En este último punto, nada desluce el clímax como revelar indiscreciones de la obra… Se sabe de un mozo que decidieron echarlo pues comentó que Lucrecia era envenenadora, en el primer capítulo de «Los Borgia».
A veces, la interrupción es inevitable. El mozo está leyendo «El sueño de los héroes» y desde la mesa de al lado, un señor dice a su esposa, «Sentí la pluma de Bioy Casares. Mozo, tráigame lo mismo.» Y entonces el mozo explica que el bar cuenta con un ejemplar por obra y en todo caso que deberá esperar a que desocupen el libro requerido.
Cierta es la descortesía de los mozos que tratan de insinuarse. Un marido celoso acomodó de una trompada a uno de ellos porque le guiñaba un ojo a la esposa, mientras leía sugerente, «¿Cómo no temer a un ser que sonríe?».
Ahora, ¿no se ahorrarían tantas incomodidades, si uno leyese el libro solicitado? Lo que pasa es que siempre hay un roñoso que ensucia las páginas. O se limpia la boca con el «Diccionario filosófico» de Voltaire. O llena con migas el índice del «Sobre la felicidad» de Séneca. Por eso, lo que reemplaza al libro son fragmentos de obras que escritas en determinados platos. Póngale, usted se pide unas papas fritas y al mojar el pan sobre la yema del huevo, descubre impreso en el fondo del plato…
«La sensibilidad para el dolor es casi infinita, la que se refiere al placer tiene estrechos límites. Todo lo desagradable y doloroso lo sentimos de forma inmediata, enseguida y con gran claridad. Así como no sentimos la salud de todo nuestro cuerpo, tampoco pensamos en todos nuestros asuntos que marchan, sino en alguna pequeñez insignificante que nos disgusta.»
Estas frases no caben en una tacita de café o un platito de aceitunas, por lo cual, los dueños del bar decidieron que se utilicen aforismos o pequeñas frases motivacionales, como los sobrecitos de azúcar.
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Los habitués comentan que los viernes a la noche hay certámenes literarios y sortean premios modestos, en fin, una consumición gratis, entradas a la Feria del Libro y visitas a museos.
Sin embargo, los sábados a la medianoche se ponen realmente buenos, porque hay poesía humana. Se trata de escribir sobre el cuerpo del otro para sentir el contacto con la poesía. De hecho, cada tanto ponen un cartel en la vereda, anunciando, «Tu cuerpo y la poesía».
El participante tiene tres opciones. Escribir sobre el cuerpo ajeno, a que escriban sobre el suyo o simplemente a mirar. Los mozos preguntan, «¿Usted a qué viene? ¿A escribir, a que lo escriban o a relojear?» A los que eligen mirar los acomodan a una distancia considerable… Porque si se acerca mucho, en una de esas lo escriben y después se queja.
Existe una contigüidad entre el fenómeno poético y el cuerpo humano… El cuerpo como búsqueda de inspiración. Curioso, ¿no? Bueno, huelga aclarar que van muchas parejas. El novio le escribe a la novia y a la inversa. Admiran el cuerpo del otro, se inspiran y escriben. Mejor aún, describen. Los dos son al mismo tiempo musa y papel.
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón,
habló el orgullo y se enjugó su llanto
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro,
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún, «¿Por qué callé aquel día?»
Y ella dirá, «¿Por qué no lloré yo?»
El arte menor admite la persona de cuerpo delgado. Digamos, fragmentos y prosas breves. En cambio, para el arte mayor se aconseja gente robusta. Una novela precisa varias personas. Hay quienes les cabe la versión completa del Quijote de la Mancha, tranquilamente. La tinta no es permanente, así que después se baña y listo, desaparece la literatura…
Las damas que asisten al bar no están desnudas, pero revelan un pequeño escote para ejercer el arte de la escritura. Si quiere conquistar a una señorita, los parroquianos aconsejan escribirle en el hombro, en el pie, en la palma de una mano, etc. Depende de la confianza que usted transmita y más aún, del deseo que haya encendido en ella. Y entonces, toma la pluma que está arriba de la mesa, la moja en el tintero y escribe.
Conviene no escribir sobre la espalda porque la señorita no alcanza a verlo y tiene que hacérselo leer por otro o irse hasta el baño y mirarse a través del espejo. Lo mejor es escribir sobre una pierna, porque al cruzarse de piernas puede leer lo escrito. Si la mina es petisa, el texto tiene que ser corto, porque la pierna se le termina en un santiamén.
Lo malo del bar literario es que pierde intimidad. Imagínese escribiéndole el cuerpo de su novia y un tipo deseando leer lo que usted ha escrito. Porque el propósito del bar es fomentar la lectura… Viene el poligrillo y le pregunta, «Discúlpeme, ¿me deja ayudarlo a dar vuelta la página.» ¿Y qué hace? ¿Accede a que un extraño invada el cuerpo de su novia, así, con la impunidad del lector indiscreto?
Los incrédulos niegan la existencia de aquel bar literario, justamente, no parece haber ningún lugar adecuado para ejercer la seducción del conocimiento. Está junto a su novia y quiere sembrarle un pensamiento y no puede. Al ratito empiezan a mirarlo. Sitios llenos de griterío, la música fuerte, partidos de fóbal, gente sacando fotos a la comida. Además, si eleva la voz, el discurso se desluce. ¿Acaso no vio que ahora se baila lejos, uno de otro? A mí gustaba la época del baile lento pues usted podía aproximarse al oído de la dama y decirle, por ejemplo, «Soy Nacholero, vivo en Avellaneda y ando buscando la inmortalidad.»
Tal vez sea cierto que los bares literarios no existan más que una parte de las tantas nostalgias porteñas, digamos, como el encanto de un pasado que no volverá.
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No todo es cuestión de lectura. Tampoco vamos a anular nuestras posibilidades físicas, sexuales, audiovisuales, espirituales o habilidades como la escultura, pintura o canto por culpa de la lectura. Sin embargo, la experiencia de la lectura enriquece y multiplican los horizontes de las actividades mencionadas.
Ser influido por un autor no significa que usted sea un discípulo, ni que venga a continuarlo ni que sea el heredero de su talento. Simplemente despertar de asuntos que desconocía o no había pensado adecuadamente, hasta que encontró a ese autor.
Los positivistas del siglo XIX afirmaban que las guerras terminarían ni bien la humanidad entera se alfabetizara… Bueno, hoy cualquiera tiene acceso a un libro y las guerras siguen ahí, muertas de risa.
Entonces, más allá del sedimento que nos dejan los libros, lo que nos hace mejores es el esfuerzo de la lectura. El esfuerzo de la mente, del alma y el corazón en apropiarse de lo que el libro pueda llegar a ofrecer. Es el esfuerzo lo que nos mejora y no apropiarse de los conocimientos que están impresos en el libro.
Un ejemplo es tocar la guitarra. Para aprender a tocar se deben emplear años de estudio hasta hacerlo medianamente bien. Más sencillo sería comprarse un disco, ¿no? Se compra un disco y listo. Seguro que el tipo tocará mejor que usted. Sin embargo, la gente compra guitarras, ¿para qué? Bueno, algo bueno habrá en el esfuerzo para la gente lo desee. Y creo que algo de eso hay en la lectura… Las horas de desvelo, el debatirse y ver si entiende lo que el autor ha querido decir y vamos, confesémoslo… El placer gigantesco de aprender a disfrutar de un libro. El acto de la lectura es creativo y comprometido.
La lectura no es un asunto de mandarines, sino una búsqueda entre el autor y el lector. Una comunión en la cual ambos quedan atrapados en una experiencia fascinante e imperdible. En el octavo libro de la Odisea, los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar. Siglos después, el poeta francés Sthéphane Mallarmé declararía que el mundo existe para llegar a un libro.
Ambas sentencias tienen similitud, como una justificación estética de todos nuestros males… Padecemos únicamente para engendrar belleza. Pero la sentencia griega corresponde a una época de la palabra oral, mientras que la de Mallarmé a la palabra escrita. En una se habla de cantar y en la otra se habla de libros.
Pensaba en los que escriben sobre los márgenes de los libros y recordaba a una compañera de la secundaria que estaba enloquecida conmigo. Una vez, el profesor de historia y yo conversábamos en el patio del colegio. Cuando sonó el timbre que marcaba el regreso al aula, descubrí una declaración de amor, tallada en mi pupitre. ¡Parecía un trabajo a la altura de los antiguos chinos que trabajaban las piedras!
Jamás supe cómo ni cuánto tardó en hacerlo, pero supe quién había sido. Décadas a la distancia, mi corazón todavía guarda el recuerdo del esfuerzo. La desfachatez de animarse a garabatear el pupitre con unas palabras que continúan resonando de aquel tiempo.
A pesar que nos envuelve una oscura realidad, en medio de los confusos murmullos de autores, de complejas lecturas e ilusorios amores que inventamos, cada tanto hay señales… En el ínfimo escalón de nuestra fugacidad.
Debemos estar atentos a esos indicios, que, al igual que los libros, son verídicos, interpretativos o ficcionales.
Sabemos muy bien todo eso y aun así esperamos el destello de un conocimiento milagroso.
Buenas Noches.
Nacho
Sábado 25 de octubre de 2025