La mujer más hermosa del mundo


En general, la mitología griega descansa sobre una estructura poética, estimulando los sentidos y que solo la inventiva nórdica, alcanza semejante magnitud.

Naturalmente, las crónicas escandinavas son entrelazadas desde diferentes arcos narrativos, adaptando singulares tramas, obstáculos y contextos. Y pese a ello, ambas culturas nos conmueven, impregnadas del más bello elixir artístico.

Quizá, los dioses también hayan transitado rumbos aún sinuosos, repletos de dificultades, en pos de esa coyuntura trágica y tan perfecta que es el amor.

Odín necesitaba el amor de los Ases del Asgard, pero mucho más de los mortales. Y si no, ¡fíjese cómo la belleza conmovía a los Olímpicos, en la Grecia clásica!

No caben dudas que la pasión impulsa a creer y perseverar en los milagros, porque ni siquiera la muerte, el desconocimiento del destino, o la sombra de la adversidad lograron detener la grandeza de los héroes.  

Tal vez, para regocijarse con rimas fáciles, el arte sea solo eso, hijo de la soledad, hijo de aquel que no conseguimos olvidar o de la amargura inconsolable, tras aceptar que apenas estamos de paso.

 

El historiador Arnold Hauser sostenía que el arte, por forma y contenido, constituye un reflejo cultural, además de emotivo. Nace del impulso social y se manifiesta a medida que responde las inquietudes de otros.

Para él, la espontaneidad no está separada de la sociedad, aunque no puede desconocerse la potencia, la voluntad o la capacidad generadora, cuando el artista emprende un viaje a mundos ni siquiera soñados.

La antigüedad clásica nos legó una valiosa e inapreciable producción artística, pese a otras invenciones que no lo son, o son muy perezosas y caprichosas, un tanto burocráticas y carecen del apoyo de un régimen poético. Y lo importante es que cada historia descrita, trátese de mitos, obras teatrales o una película, descansa sobre edificaciones. A veces simétricas o conflictivas, pero muy simples y si no existiesen, toda la historia se derrumbaría.

Aún las más complicadas están apuntaladas en estructuras sencillas. Por ejemplo, la estructura de la Divina Comedia de Dante es el camino dificultoso que transita el amante hacia su amada… Dificultoso, sí, aunque purificador.

Ahora, cuando no se verifican estas estructuras o construcciones, el resultado será una novela de televisión.

En las novelas no solo desaparecen estas bases, ni siquiera los tiempos de la televisión indagan o intentan preocuparse acerca de la inquietud artística. Veremos nada más que una leve yuxtaposición o una sucesión de acontecimientos, que comienzan en cualquier parte y terminan en cualquier parte. Y desde el valor estrictamente literario, una historia no representa una sucesión de acontecimientos. Hasta puede no haber acontecimiento. Lo que sí debe haber es la estructura, un bastidor imperceptible, si se quiere, y que sostenga eso.

Las bases narrativas producen electricidades y atraen unas a otras, pues como tensiones que generan primero, para dar luego paso al decaimiento… El caso de la partitura.

La música no es una sucesión de notas, siguiendo un orden determinado de escalas.

No, no. Es necesario ir hacia un conflicto y resolverlo. Idas y vueltas de tensiones y descansos. Nadie debería desconocer que, detrás de cada letra existe la melodía, que es donde se recuesta, acompaña y le da forma a toda la canción.

Delante de esa ausencia, de enjundias e intensidades, decae el interés.

Las texturas de los libros también son pasadizos secretos, juegos de símbolos, cuanto más compleja la narrativa. A veces, la historia no solo es lo que oímos contar, sino, que también es otra cosa. O mejor aún, el propósito será llamar la atención sobre una segunda historia.

Esa es una de la más sublime de las alegorías… Queda en evidencia el alma desnuda del que escribe un libro, pero además de quien lo lee.

Aristóteles parecía entender esa pequeña diferencia entre el realismo y la idealización de un poema… Los héroes clásicos regían sus vidas, ligados a un signo a veces caprichoso y desafiar esa fatalidad, es decir, la transgresión tenía que justificar la inmortalidad, el conocimiento o la gloria. Por lo cual, de no existir la virtud en una ficción, estamos ante la mera descripción de un suceso bélico o una crónica policial.

Antaño, la moralidad era un hábito de elección, diría, una decisión admirable que intermediaba entre pocos mortales y las que determinarían un hombre cualquiera. 

Después de todo, uno de los rasgos más notables de las grandes obras consistía en la coherencia y unidad, entre los hechos de la razón, y al mismo tiempo, una serie de idealizaciones estéticas que explicasen, de manera imaginada, pongamos por caso, toda la potencia y belleza de un mundo mítico, sometido a un ineludible plan del destino… Un plan que, desde luego, ni los dioses pudieron ignorar.

 

Ahora, ¿será suficiente sentir el gesto artístico y construir nuestros propios paraísos? ¡Claro que sí! Lo hacemos todo el tiempo y añadiría que es la única posibilidad de construir el amor. Pocas veces la revelación de un nombre resuena concretamente, como el grito, esa expresión que desespera y angustia el alma… Entonces, que un conjunto de signos y evidencias, nos presagie la mujer que cambiará el curso del destino… Eso ya es un hecho artístico. Y debido a que el dolor resiste al amor, a medida que se manifiesta la obra maestra, el artista aparece más perfilado y transforma toda la esperanza, en una cruzada épica.

Yo acostumbro desconfiar del dramatismo que necesita la luz del éxito y del aplauso inmediato, pues, de manera misteriosa, las grandes tragedias conmueven a partir de la musa velada y la fuerza de ese amor, mientras pugna por salir de su oscuridad. Y a veces, describir la tristeza y la felicidad, del modo más elemental, resultan menos edificante para quienes ansiamos verdades profundas y pensamientos complejos.

Quizá no esté mal componer canciones o poemas, acerca de lo irreversible o infausto, como la desdicha o el desengaño. Pero sospecho que multiplicar cielos y generar ciertas pulsiones, evidentemente honestas y muy arraigadas, no suelen parirse para la óptica abyecta de cualquier mortal. 

 

Unamuno pensaba en lo absurdo de la tragedia, refiriéndose al que sufre por asuntos menores y cuya realización alcanzaba su inmediata saciedad.

Esto quiere decir, cuanto más posible y realizable sea el cumplimiento, la preocupación a superar será menos dolorosa y placentera. Algo similar sostuvo Voltaire, haciendo referencia a las conquistas amorosas.

Estas sociedades sigue el camino unidireccional e inequívoco de los placeres, y por eso existen hoy tantas separaciones o pocas variantes, en las propuestas amorosas. Y uno que lo ha visto de adentro, aunque ahora lo vea de afuera… Es siempre lo mismo.

No hay demasiadas alternativas ya que el concepto del amor se ha envilecido y vulgarizado mucho.

El tipo actual, que solo propone formar una familia y una tranquilidad económica y que se preocupa de asegurar ese deseo, bueno, en esa preocupación abraza la vida.

Y no se da cuenta de que le está pasando algo terrible… Que la frustración de cualquier relación sentimental es otra y no, no poder comprarse un auto o un departamento en Las Cañitas.

A través de estos tiempos, contar o explicar lo que significa sufrir de amor, resulta poco menos que extravagante. Y mientras no caiga el verso más exacto, el firulete decisivo, o el beso perfecto… Uno sufrirá.

Seguro que sí. 

El alma noble del héroe, afronta las peripecias del relato con apetito poético, trazando infinidad de horizontes y resistiendo, lo que deba resistirse.

Nosotros hacemos un poco lo mismo, detrás de cada momento…  Nos encadenamos a las ilusiones y bebemos los pozos de la mirada obstinada e inquieta. Y está bien eso, más allá de lo que acontezca.

Probablemente sea más deseable la invención poética, del hombre que puede morir al final del siguiente párrafo y no, quedarse pensando que la juventud y la fortuna conviene tenerlas de aliadas, para iluminar ciertas áreas del espíritu. 

 

Hoy quiero desarrollar el tema de Helena y la Guerra de Troya, por supuesto, acaso el mito más trascendental de todos los tiempos.

Muchos historiadores escépticos, esos que nunca faltan, ven en la Guerra de Troya el avance griego por Asia a lo largo de 10 años, en busca de nuevos centros y rutas comerciales... Nosotros y la antigüedad clásica, consideramos que las causas fueron bien distintas.

En Grecia imperó el espíritu agonal, es decir, el símbolo de la competencia sin encono, lejos del odio o desprecio hacia el rival.

El héroe griego no tuvo la mirada del desdén, digamos, no buscaba la descalificación del otro. Solamente estaba dedicado al trabajo arduo y a la preparación para medirse y ante la derrota, saludaba el triunfo ajeno.

Durante el pasado, el oponente a vencer era el desafío, o el reto a superar, forma parte del oponente. Y ese era el máximo entusiasmo que podía aspirar un tipo.

Hoy ese oponente es alguien concreto, es el otro. Ahora somos un paraíso sin problemas, buscando respuestas en lo inmediato, en las situaciones sin esfuerzo. Y muchos viven en la convicción de acreditarse todo, sin dar nada. Por eso nadie busca la sublimación de lo verdaderamente excelso... Porque es necesario salir a pelear, desobedeciendo ciertas morales y aprender que el peor peligro, es aquel que desconoce que la felicidad, pues será el fin de todos nuestros hechos.

El hombre antiguo buscaba oponentes dignos y medirse en determinados ámbitos, trátese de la retórica del discurso en los foros, o el ejercicio físico en una olimpíada.

Este concepto es muy superior al pensamiento de Aristóteles, aquel que se basaba en la mera contemplación de las cosas. No solo la idea del heroísmo resulta importante para la sociedad, también pretendía ser un poco mejor al resto. Entonces, emerge la guerra como la descripción de una obra artística, trágica, quizá, pero indudablemente atractiva.

Allí, las fuerzas heroicas están contaminadas de belleza y se multiplican y sus armas parecen resplandecer, entre el lenguaje enaltecedor del hombre.  

Ortega y Gasset explicaba la razón de la búsqueda noble, sin encono y del alma que se sublima con metas superiores, no imposibles, pero sí difíciles. Y aquel espíritu agonal no desapareció por falta de competencias o lugares donde debatir, sino, la degradación del heroísmo, a causa de logros menores. 

Esto sucede en las comunidades modernas, digamos, creer que el mérito se constituye por razones burguesas o instancias que prefieren omitir la excelencia.

Las cosas van degradándose a expresiones simples, caminos que la mayoría transita y envilecen, dando por resultado que nos rodeemos de una mediocridad generalizada.

Los héroes griegos consideraban una vida digna, en tanto se desafiaran altísimas vallas, incluso frente a las instancias finales como es el destino.

Evidentemente, lo que escasea es la ausencia de héroes.

Sentimos que lo que abunda, es la decadencia en la competitividad.

A medida que hemos extinguido ese deseo y aspiración de lograr mejores propósitos, de establecer metas más complicadas, el rival a vencer ha ido modificándose, relevándose en otra cosa. 

Nos abrazaron las situaciones fáciles y triviales, a tal punto que lo complicado ya no es deseable…  Para Platón, la felicidad pertenecía a la actividad racional del alma, y por el contrario, las partes irracionales eran superiores y determinantes como ninguna. Sin embargo, Aristóteles incluye la teoría del alma sensible, gobernada por las pasiones y que mediaba entre la razón y el deseo más primitivo.

Algo estará pasando con la comunidad que juzga y circunscribe dentro de la felicidad, cosas manifiestas y palpables, tan vulgares como el regalo, o las riquezas, o en veranear en Mar del Plata.  

 

La Ilíada de Homero es un poema épico, dividido en cantos o rapsodias y relata algunos episodios durante el último año de la contienda entre griegos y troyanos, por el rapto de Helena.

A través de la obra, la poesía de Homero exalta el coraje de los personajes, revestidos de grandeza y honor, más allá de las condiciones ajenas.

Lo que sucede es muy sencillo… Cuando invade el sentimiento más dramático, la lucha lo invade todo. Los hombres luchan contra los hombres, el hombre lucha con el dios, y las peores fieras con animales débiles.

Ningún hombre sale limpio, porque, lejos de las pasiones, odios y venganzas, está expuesto al sufrimiento cósmico y de lo que es el mundo, en definitiva, la mirada trágica del héroe, que se sabe sometido al destino fijado por los dioses.

Todos admiten ser un designio divino y viven hechizados, un sentimiento ilusorio, aunque intenten adueñarse de sus propios destinos... Ahí tiene a Aquiles, quien recorre un camino hacia la gloria, pese a que la sombra de una muerte temprana, envolverá su figura... A Patroclo que, por desobedecer a Aquiles, deberá pagar con su muerte... O el campeón de Troya, Héctor, al matar a Patroclo, que sentencia su propia suerte, etc.  

 

Muchos autores, posteriores a Homero, fueron elaborando nuevas producciones literarias, agregándole simbolismos, varias perspectivas y retoques estéticos al tema de la epopeya griega… Ni peores ni mejores, solo distintos. 

De este modo, a veces la interpretación es la parte más tediosa, pues implica la necesidad de vencer una distancia y asimilar una pieza que puede resultar foránea.

Todas son consideraciones, más o menos viables, sin embargo, en la Ilíada nace nuestra única certeza, que funciona como la estructura de la obra… ¿Por qué Homero nos ha hecho participar de la Guerra de Troya? 

 

Sigamos mejor al poeta Homero, en la Ilíada…

 

Hécuba, esposa del rey Príamo, había soñado que daba a luz una antorcha encendida, repleta de serpientes. Los adivinos pronto interpretaron de mal designio y que el niño causaría la destrucción de Troya.

Una diferente versión afirmaba que Ésaco, hermanastro del futuro príncipe, sabía comprender el mundo de los sueños y, con razones similares, les sugirió abandonar al recién nacido.

Entonces, abrumado por las consecuencias del vaticinio, el rey Príamo entregó su hijo al criado Agelao y condenarlo al Monte Ida, donde sería devorado por animales.

 

Unos mitógrafos refieren a pastores, quienes alcanzaron a rescatar la criatura de semejante destino.

Otros, en cambio, cuentan que Agelao, culpable, regresó a la cueva, tras 9 días de abandono. Creyendo encontrar solo muerte, enorme fue su sorpresa al verlo aún vivo y  amantándose de una osa.

De inmediato, comprendiendo que aquello era una señal de los dioses, decidió criarlo junto a sus otros hijos, educándolo en tareas referentes al pastoreo y una cuidadosa educación por la música.

Pasados los años, Enone, una ninfa de las fuentes, descubre a Paris, un atractivo y solitario hombre que pacía el rebaño.

Cuando obtuvo su atención, le reveló sus dotes adivinatorias y profetizó acerca de una herida mortal que ella podría curar… Y pese a que ignoraban que, ante un peligro cualquiera, el amor estremece las aguas de la pasión, ¡al final se enamoraron!

Tiempo después, a fin de sellar la felicidad, se unieron en matrimonio. Pero, un extraño suceso complicaría la historia de los amantes, llamado Juicio de Paris.

 

Tetis, la ninfa del mar, una de las cincuenta nereidas, fue muy deseada por los dioses Zeus y Poseidón.

Sin embargo, una profecía advirtió que aquel hijo sería más grande que su padre, así que por temor a verse opacados, arreglaron casarla con un mortal.

Finalmente eligieron a Peleo, un discípulo de Quirón y a cuya boda, celebrada en el monte Pelión, acudieron todos los dioses y varios hombres del antiguo mundo.

Tuvo lugar un gran banquete, donde Apolo tocó la lira y las Musas cantaron divinamente. Luego el centauro Quirón le regaló a Peleo una lanza de fuego y Poseidón, los caballos Balio y Janto, ambos inmortales.

Claro, todas las divinidades habían sido invitadas, excepto Eris, la diosa de la discordia. En venganza, apareció en medio de la fiesta con una manzana dorada, cuya leyenda prometía “Para la más bella”.

Por supuesto, hubo tres diosas,  Hera, Atenea y Afrodita que se consideraban a sí mismas, las más bellas. Y sintiéndose acreedoras de recibirla, a medida que la confusión aumentaba, ni Zeus pudo atreverse a dar un veredicto.

Así fue como declinó su prerrogativa en un juez imparcial y postuló a Paris, aquel joven pastor y que, ajeno al destino que le esperaba, pasaba el tiempo junto a su amada Enone.

 

FIN PARTE I

 

Acerca de Helena, acaso, el actor principal de este mito, decenas de autores coinciden que ha sido el personaje más importante de la mitografía griega. 

El mismo poeta griego Homero, en la Ilíada y la Odisea, hace referencia a ella como la "luz que brilla en la oscuridad"… Agregaré que es una definición extraordinaria, pues la mujer es exactamente eso, una luz palpitante, en la oscuridad de los hombres. 

 

La interpretación más clásica del origen es aquella donde, metamorfoseado en cisne, Zeus seduce a Leda y yace la misma noche que Tindáreo, rey de Esparta y esposo de Leda.

En consecuencia, Leda puso dos huevos.

Del primero nacieron los inmortales Helena y Pólux, ambos hijos de Zeus y del otro, los mortales Clitemnestra y Cástor, hijos de Tindáreo.

No obstante, la mayoría de las historias aseguraban que Cástor y Pólux eran gemelos y considerados Dioscuros, por ser hijos de Zeus. 

Otra explicación sería que Helena habría nacido de la unión de Zeus y Némesis, la diosa de la venganza, transformados en cisne y oca, respectivamente.

El huevo que puso Némesis fue encontrado por un pastor, o quizá el dios Hermes por orden de Zeus, y a su vez, lo entregó a Leda. Luego nacerían Helena y Clitemnestra, quienes Leda cuidarían como su auténtica madre.

 

Sin dudas, Helena demostró ser belleza desde pequeña y estuvo pretendida por muchos héroes.

De niña, mientras realizaba un sacrificio a la diosa Artemis, fue raptada por Teseo, en compañía de Pirítoo.

Estos muchachos eran muy amigos y zanjaron la disputa de Helena, permitiéndose que el azar decidiese. Bueno, aún suele observarse, siglos después, los que encaran minas, cuando asisten a un boliche o sitios muy concurridos.

La suerte favoreció a Teseo, pero no pudo entrar a Atenas, motivo por el cual, condujo a la doncella a la ciudad de Afidna, junto a su madre Etra.

Tras ello, Teseo y Pirítoo marcharon hacia el Hades para raptar a nada menos que a Perséfone, la reina del Inframundo, con la intención de convertirla en consorte de Pirítoo.

Durante aquel episodio, los Dioscuros rescataron a Helena y también llevaron como prisioneras a Etra y a la hermana de Pirítoo, que condujeron hasta Esparta para convertirlas en esclavas.

Helena tuvo un padre mortal llamado Tindáreo, que, una vez adulta, propuso casarla, pese al miedo. Es que muchos príncipes griegos se presentaron en Esparta, como candidatos.

Además porque pensaba que al entregarla en matrimonio, el resto desataría una guerra.

Odiseo le propuso la siguiente idea… Sabiendo que Helena no lo aceptaría, pidió la mano de Penélope y a cambio, haría que todos los pretendientes juraran respetar un previo acuerdo… Acuerdo donde establecía que todos admitirían el pretendiente que Helena eligiese, así como ayudarla en caso de necesidad. 

La bella Helena eligió casarse con Menelao, el hombre más rico de aquellos y Odiseo hizo lo mismo con Penélope, cumpliendo lo acordado entre éste y Tindáreo.

 

Más adelante, Paris recibe en las laderas del monte Ida, la visita del dios Hermes, acompañado delas tres diosas, Hera, Atenea y Afrodita.

Hermes le explica el mandato de Zeus, es decir, que alguien como él, bello y sabio, sea quien juzgue la belleza de las tres diosas.

Este suceso, que hoy conocemos como concurso de belleza, a Paris le resulta más que inusual… Las diosas forzaron una sentencia favorable mediante seductoras promesas, incluso recompensarlo, en caso de ser elegida, con su propio encanto. 

La responsabilidad parecía inmensa y sin claros elementos para resolver, pues las tres eran igualmente bellas, les pide desnudarse. 

Recuérdese que los mortales no podían contemplar a ningún dios con todo su esplendor y la más pequeña de las miradas, producía la fulminación.

Quizá Paris nunca lo supiese o, por un rato, omitieron esa restricción… Y mientras admiraba la desnudez de las diosas, cada una esgrimía sus razones.

Hera, esposa de Zeus, le ofrece el poder sobre las tierras de Asia y Atenea, la victoria en cuanto combate emprendiera.

Afrodita, en cambio, sin coronación ni glorias para ofrecer, le prometió una compañera una cuya belleza pertenece a la mujer más hermosa de los mortales… Helena de Esparta.

Entusiasta y a la vez, pesimista ante la posibilidad del rechazo, Paris elige a Afrodita.

La diosa, temiendo que aflojase, le asegura de que Helena abandonará a Menelao, Esparta, su familia y todo para ser su esposa. Asimismo, le sugiere que emprenda el camino hacia Troya, a encontrarse con su destino.

Por otro lado, no cumpliendo las expectativas, Hera y Atenea sembrando la destrucción y la muerte en Troya, vengando las heridas de su amor propio.

 

Una vez finalizado aquel extraño suceso, las diosas regresan al Olimpo. Y Paris queda… Bueno, uno se lo imagina así, bañado y sin fiesta.

El rey Príamo, padre de Paris, organizaba anualmente juegos fúnebres en la ciudad de Troya, en honor a su hijo. En verdad ignoraba que aún vivía.

Durante los preparativos, los sirvientes, ante la necesidad de animales para sacrificar, arrebataron un toro favorito de Paris.

Decidido a recuperarlo, el joven pastor se postula a una serie de pruebas atléticas, ¡incluso enfrentando a sus propios hermanos!

Paris sale victorioso en 3 oportunidades y esto los pone muy furiosos, tanto, que intentaron asesinarlo. 

Uno de ellos, Deífobo, indignado al creerse derrotado por un boyero, le persigue con una espada en la mano, obligando a Paris a refugiarse en el altar de Zeus.

Aquí interviene Casandra, dotada de poderes adivinatorios y reconoce que el simple pastor, en realidad, es hijo del rey Príamo.

Cuando les informa a los padres, Paris es aceptado de nuevo en la familia, con un gran banquete en su honor.

Naturalmente, se le restituye el título de príncipe de Troya y su antigua esposa Enone, termina abandonada en el Monte Ida.

 

FIN PARTE II

 

El rey Príamo fue advertido que si Paris no moría inmediatamente, todo acabaría destruido, pero Príamo adujo que prefería ver arder la ciudad, antes que perder a su hijo.

 

En el presente, los troyanos aún recordaban el paso de Heracles, héroe griego por excelencia.

Un oráculo sugirió que, para liberar Troya, debía sacrificar a su hija al monstruo que les enviaría el dios Poseidón. Aparentemente, la furia del dios procedía de una falta de rezos y agradecimientos, luego de haber elevado aquellas colosales e históricas murallas. En los mitos, las ofrendas y oraciones a las divinidades eran tan importantes, que un descuido provocaba el castigo inmediato. 

Por ello, Laomedonte, rey de Troya, padre de Hesíone y Príamo, joven por aquel entonces, decide hacer caso. Encadena a su hija Hesíone frente al mar y justo en ese momento, llega Heracles.

Una vez que el héroe libera a Hesíone, le propone un pacto a Laomedonte… Si conseguía matar al monstruo, este le entregaría como premio unas yeguas sagradas y veloces, tanto que corrían por encima de las aguas.

Heracles mató al monstruo, pero el rey no cumplió su parte del trato.

Años después, Heracles regresa en una expedición junto a Telamón y arrasa toda la ciudad.

Durante el saqueo, raptan a Hesíone, quien luego sería mujer de Telamón.

 

Príamo jamás pudo consolarse de aquel rapto… Siempre había fracasado en sus intentos por recuperarla.

Esta vez, convocó a Paris y sus hermanos en un gran consejo a fin de concretar el ansiado rescate, mediante una comitiva diplomática a Grecia.

El bello pastor declaró que traería de regreso a Hesíone, pues contaba con la ayuda de los dioses… Aquel deseo, por supuesto, era encontrarse con Helena en Esparta…

El padre encomienda el viaje a Paris y pronto ancló naves en Esparta, recibido con agasajos por el rey Menelao.

Hubo grandes muestras de hospitalidades, algo muy valioso en la Grecia antigua. 

 

En el curso de la primera noche, en medio de un banquete en su honor, Paris conoció a la bella esposa espartana y quedó absolutamente prendado. Ahí mismo derramó un poco vino sobre la mesa y escribió “amo a Helena”.  

Según unos autores, Menelao no pudo darse cuenta del engaño, pues un cortesano le trajo una terrible noticia… Había muerto su padre Catreo y debía marchar hacia Creta, para los funerales.

Este permitió a Helena agasajar al huésped e incluso, que gobernara el reino durante la ausencia… Y ni siquiera la presencia de Menelao hubiese sido un obstáculo, agrega Herédoto, porque ni bien partió, tomaron parte del oro y objetos valiosos que reservaba el templo de Apolo, algunas sirvientes y, con vientos favorables, ambos huyen hacia Troya

 

Hay discrepancias acerca de este viaje.

 

Estesícoro aseguraba que, sin saberlo, Paris había partido con una Helena en forma de nube, creada por Hera, la mujer de Zeus…  Cuando Paris elige a Afrodita como la más bella, a cambio de poseer a la mujer más hermosa, el dios Hermes sustituye a Helena por una imagen hecha de nube. Es decir, tanto los aqueos y troyanos, producen la guerra por una imagen, la alegoría de un nombre, por el honor de una nación o lo que sea, y no por la auténtica Helena, que había sido reemplazada.

 

El poeta griego Eurípides extiende aún más aquella extraordinaria mirada poética.

La Helena que regresa de Troya, rescatada por su esposo Menelao, no fue la misma que raptó Paris, sino, había estado escondida en las comarcas del Nilo, en manos del viejo rey Proteo.

Hera, la divinidad y esposa por excelencia, para hacerla escapar del rapto, de la ruptura del contrato y de la infidelidad, se la lleva a Egipto, donde Proteo, un viejo rey, incapaz de hacerle ningún daño.

Este reinaba en Menfis, en la época que Helena y Paris fueron arrojados por la tempestad a la costa de Egipto. Luego, llevados ante el monarca, quien decidió enviar a Paris a Troya y quedarse con Helena y todos los tesoros que habían traído de Esparta. Al mismo tiempo, los griegos emprendieron la expedición hacia Troya, en reclamo de Helena.

El rey Príamo respondió que no estaba allí, sino en la corte de Proteo, en Egipto… Y como los griegos no creyeron esas palabras, continuaron la guerra

 

Homero nunca cita la nube, de hecho, agrega que muchos troyanos odiaban a Helena por considerarla culpable de la guerra.

Sin embargo, el rey Príamo y su hijo Héctor la quisieron, pues sabían la verdadera causa de la guerra… La voluntad de los dioses.

Comprendían que aquella belleza era un instrumento de los dioses y no enrostraron semejante responsabilidad a Paris.

Ninguna belleza, hija de un dios, puede ser cuestionada, sino, peleada hasta el final.

 

Así que la afrenta de Paris, no solo del rapto a Helena, sino, haber ultrajado la hospitalidad griega, desemboca en la Guerra de Troya.

 

FIN PARTE III

 

En determinado momento, Calcante propicia un augurio categórico… Nunca podría ser conquistada la ciudad de Troya, sin la presencia de Aquiles.

Sintiéndose traicionado, el rey Menelao hace valer su acuerdo firmado con todos los príncipes griegos.

Al mando de Agamenón se reúne una flota de más de mil barcos, donde mantendrían sitiada Troya, a lo largo de varios años.

Penélope da a luz y su esposo Odiseo prefiere quedarse a su lado. Cuando Néstor sale a su encuentro, este finge locura.

Pero Néstor conoce de lo que es capaz Odiseo… Y así es que arroja bajo los pies de los bueyes a Telémaco, ¡el hijo recién nacido! Odiseo, aterrorizado, larga la siembra y lo salva.

Viéndose descubierto, no tiene más remedio que alistarse con los griegos.

 

Tetis, madre de Aquiles, sabiendo que moriría si participaba, lo envió a la corte de Licomedes, en Esciro, una isla del mar Egeo.

Allí mantuvo una relación amorosa con Deidamía, la hija del rey, de la que nació Pirro.

Un día, Odiseo lo descubre en un gineceo, disfrazado de mujer.

Se hace pasar como vendedor de telas y enseña a las muchachas su mercancía. Todas menos una. La única que solo mostraba interés en la espada que Odiseo traía consigo… Era Aquiles.

 

La verdad es que el periplo hacia Troya nace con problemas… Demorado 2 años en organizar las flotas y preparar el ejército en el puerto de Aúlide, la diosa Artemis envía apaciguar los vientos que Menelao consideraba vitales para zarpar.

Con el propósito de desandar la expedición y tranquilizar a la diosa, Artemis obliga sacrificar a Ifigenia, hija de Agamenón. Más tarde, aparece un nuevo inconveniente, pero entre las tropas guiadas por Agamenón y los Mirmidones, lideradas por Aquiles.

 

El asunto fue que una espantosa plaga azotaba el campamento griego, provocado por el rapto de Criseida, una sacerdotisa de Príamo y ahora, esclava de Agamenón. Apremiado para que la peste cesara, la devuelve. No obstante, en su lugar roba a Briseida, la amante y esclava de Aquiles y por esa razón decide no actuar, ni disponer su ejército.

Pronto, sin Aquiles, los troyanos advirtieron que serían fácilmente derrotados. ¡Y eso sucedió! ¡Hubo una masacre feroz!

Ni siquiera cuando Menelao estuvo frente a Paris, en combate singular y a tiro de liquidarlo, pues Afrodita lo envuelve en una nube y salva.

 

Establecido un breve período de paz, los dioses resuelven los bandos. Ares y Apolo apoyarían a los troyanos, mientras que Atenea y Hera a los griegos.

Después vendría la pelea de Héctor, hijo mayor de Príamo, con Áyax y que se ve interrumpida por la caída de la noche, la tregua para encargarse de los cadáveres, los rayos de Zeus sobre la tienda griega, las tareas de espionaje de Odiseo, los constantes amagues de Agamenón con abandonar Troya, etc.

Hasta que viene a producirse el momento que, a mi modesta opinión, sugiere ser decisivo…

Néstor le pide a Agamenón que se disculpe con Aquiles y que les devuelva a su mujer, el oro y sus caballos. Sin embargo, dolido, no acepta disculpas de ningún modo y peor aún, envía a Patroclo, amigo y compañero de armas, para que viese cuánto desastre producía la guerra sin su intervención.

Néstor, delante de tanta indiferencia, sabiendo que no podría convencerse a Aquiles, le propone a Patroclo que use la armadura de su amigo y se muestre alrededor de las murallas, digamos, para confundir y asustar un poco al enemigo y levantar la moral griega. 

Zeus cae en la trampa de un exquisito plan, pergeñado por su mujer Hera.  Recuérdese que el dios del rayo apoyaba a los troyanos… Hera seduce a su marido y mantienen unas formidables relaciones sexuales. Cae finalmente dormido. De ese modo, encarga a Poseidón que ayude a los griegos y entre tanto, Áyax deja fuera de combate a Héctor, tras una paliza bárbara.

Cuando Zeus despierta, muy enojado le asegura a Hera que los griegos no ganarán, mientras Aquiles permanezca ajeno a la guerra. Así es que el dios insufla nuevas fuerzas en Héctor e inclina la balanza, nuevamente.

 

FIN PARTE IV

 

Patroclo, tocado en su orgullo, encara a Aquiles y le ruega que intervenga. Solo le ofrece su armadura y el pedido que no se acerque demasiado a las murallas de la ciudad.

Por ello, el joven estalla de emoción, agradecido por la pequeña oportunidad de enfrentar al enemigo… Aunque no sepa que su final estaba cerca.

Claro, al ver la imagen de Aquiles en el campo de batalla, ¡los troyanos echaron a correr! ¡Todos parecían confundidos, atemorizados!

En especial Héctor, porque para la mayoría de los autores, él siempre supo que jamás podría vencer a Aquiles. 

Héctor le tenía muchísimo miedo a Aquiles.

Patroclo continúa matando algunos troyanos y abriéndose paso hacia Héctor, hasta quedar frente a frente. Pero, aquí interviene la acción trapera de Euforbo… Atraviesa al muchacho de un lanzazo en la espalda. Tras caer herido, el dios Apolo guía la mano de Héctor y le destroza el vientre. 

Patroclo siente como las fuerzas le abandonan y sus últimas palabras predijeron a Héctor, una pronta muerte.

Enseguida, Zeus envolvió el cielo con una nube oscura, mezclando relámpagos y truenos.

 

Antíloco le cuenta lo sucedido a Aquiles. Muy triste y enojado por permitir semejante final, sale desarmado y asusta a los troyanos, en medio de todo aquel paisaje infernal que había creado, encima de su cabeza.

    

Al otro día, Tetis entrega la armadura a Aquiles y este sale al encuentro de Héctor.

Zeus permite que todos los dioses intervengan, pues Aquiles inicia una batalla muy personal y nada habrá de detenerlo. El mismo Apolo tuvo que esconder a Héctor en una bruma, entre la multitud, ¡a fin de no ser descubierto!

Príamo desesperado, ordena abrir las puertas para que Héctor y su ejército pudiesen resguardase de la ira de Aquiles.

El dios Apolo pudo distraer por un rato a Aquiles, bajo la apariencia de Agenor, hijo de Príamo y, cuando entendió el engaño, retomó la persecución del héroe troyano.

El círculo parecía cerrarse… Héctor no consigue ponerse a salvo y Aquiles lo persigue varias veces, alrededor de la ciudad.

Atenea convierte su figura en Deífobo, el hermano valiente de Héctor, en virtud de conseguir el coraje necesario. Así es que toma su lanza y la arroja contra Aquiles, sin hacerle daño alguno.

Vuelta su mirada, Héctor se da cuenta que Deífobo ha desaparecido… Y se da cuenta de una cosa mucho peor… Sabe que va a morir.

Aquiles se protege detrás del escudo y observa una zona vulnerable en la armadura de Héctor, cerca del cuello.

Acto seguido, dirigido con extraordinaria precisión, lo atraviesa con su lanza.

 

FIN PARTE V

 

La tragedia de Héctor no determinó la caída de Troya. Al contrario, recibieron mayores aliados que prolongaron su resistencia.

Mientras se desarrollaba la tregua, concedida por los funerales, Aquiles conoció a la princesa Políxena, hija de Príamo. Muy cautivado de su belleza, fue hasta el templo de Apolo, para acordar el matrimonio. Pero, sin advertirlo, cayó muerto luego que Paris le disparara una flecha envenenada, quizá guiada por Apolo mismo.

Algunos autores prefieren creer que Troya cayó finalmente, gracias a la ayuda de las flechas de Heracles.

Filoctetes, tras la muerte de su amigo Heracles, conservó sus armas. Poco después de reanudada la batalla, consigue herir de gravedad a Paris.

El bello pastor pide a los troyanos no ver a su esposa Helena, sino, ser conducido al monte Ida, donde habita Enone, su primer amor.

Paris le suplica que le cure, pero, inundada por el despecho, no puede hacer otra cosa que negarse.

Inmediatamente, ahogada de una pena infinita, prepara un cesto con drogas curativas y se apresura hacia Troya.

Sin embargo, ya es demasiado tarde…. Cuando llega, recibe la noticia de que Paris ha muerto.

Más tarde, en un frenesí de dolor, Enone se lanza sobre las llamas de la pira funeraria donde, calcinando el cuerpo inerte de Paris, solo deseó morir abrazada a su amor verdadero.

A pesar que el destino continuaba a favor de los troyanos, la diosa Atenea cuenta al adivino Prilis que los griegos podrían tomar la ciudad, construyendo un caballo de madera.

Esta revelación llega a oídos del rey Agamenón, quien ordena construirlo a Epeo.

Odiseo elabora la siguiente estratagema… El robo de una estatua de Atenea, llamada Paladión.

Entonces, acompañado por Diomedes, se infiltran en la ciudad y confiscan la estatua para los griegos. Una vez escondida, fingen reunir las flotas y abandonar Troya.

En realidad, parte fue a esperar en una isla próxima. La otra, desde luego,en el interior del caballo. 

Los griegos hicieron creer que el caballo era una ofrenda, en desagravio a Atenea. Al ver semejante espectáculo, es decir, la desaparición griega y el majestuoso regalo, el sacerdote Laocoonte sospechó una trampa.

En eso, los soldados traen a un prisionero griego llamado Sinón.

Fue torturado por horas, hasta confesar que el caballo era una ofrenda a Atenea, pero su tamaño significaría un impedimento para darle ubicación en ciudad troyana. Y además, según el adivino Calcante, tenerlo de su lado, auguraba el triunfo inapelable sobre los griegos.

En el mismo instante que terminaba aquellas palabras de Sinón, surgieron unas serpientes gigantescas y se devoraron a Laocoonte y sus hijos.

Naturalmente, ¿qué pensaron los troyanos? Que Laocoonte mentía y debían introducir el caballo como sea.

Bueno, en medio de aclamaciones y cantos, el caballo ingresó a la ciudad.

Durante la noche, toda Troya estaba extasiada de orgías, vinos y sueños. Los soldados salieron del interior del caballo, liberaron a Sinón y abrieron las puertas.

En pleno saqueo, Menelao encuentra a Helena e intenta matarla con su espada. Pero no lo hace, pues la perdona, tras desnudase, como una costumbre de aquellas épocas. 

Aquellos que regresaron a Esparta cuentan que vivió una vida irreprochable, de madre y esposa, inmortalizada finalmente, a la par de los dioses.

Una versión distinta revela que la Helena de Troya era solo una nube, porque la verdadera estuvo en Egipto. ¡Y se produjo un milagro de orden simultáneo! Al mismo tiempo que Menelao encuentra a su esposa en tierras egipcias, la helena troyana, desvaneció en el aire…

Esto ocurría ya que pretendían liberar de culpa a Helena, toda vez que molestaba, casi desde una mirada poética, que la mujer más hermosa del mundo tuviera sobre sí, el estigma de la traición.

De esta forma, a través del tiempo fueron agregándole al mito original unos detalles anexos, con atenuantes un poco engañosos, pero teñidos de evidente belleza literaria… Que no se trataba de ella, que era un fantasma o una nube, que todo consistió en un asunto de magia, que seguía amando a Menelao, que nunca fue culpable, etc.

 

Finalmente, el rey Príamo vio cómo su gloriosa ciudad, era arrasada por la destrucción del fuego. Marchó a esconderse con Hécuba, en el altar de Zeus y los encuentra  Pirro, hijo de Aquiles. Príamo trata de defenderse, pero Pirro lo vence muy fácil.

Hécuba y Casandra son transportadas a Grecia como esclavas y Políxena, reclamada por el espectro de Aquiles, para hacerla su mujer, en el Hades y en la inmortalidad.

 

FINAL

 

La lectura de la Ilíada despertó una reflexión, en las orillas de mi espíritu… La visión de una mujer que se disuelve en brumas, es vivacidad pura y formará un palpitar en el tiempo.

Este signo, inaprensible y fugaz, nos inducirá a la fatalidad cósmica, ya que atormentará nuestros sentidos.

Nosotros jamás sabremos si se ha tratado de un cuerpo o de una ilusión, pues algunas mujeres poseen el privilegio del encubrimiento y precisamente allí, su ausencia subyuga.

El destello de lo que es poco probable, ceñirá un conjuro, hiriendo al corazón y haciendo tambalear nuestra psique, como una flecha salvaje. 

De manera tal, el amor que nos oculta su aspecto, que parece desapercibido entre multitud de momentos, bueno, remite a sentir que hemos atravesado océanos, a ese encuentro definitivo… Que el destino ha forjado y zanjado ese camino y llegue por fin, ese momento. ¡Y de eso y no de otra cosa, debe sufrirse! ¿Por qué? Porque la espera del amor siempre la acompaña el sufrimiento.

La felicidad necesita transitar ambas direcciones, así que es mentira que un hombre estará feliz, siempre y cuando se encuentre tranquilo y amado. Además, la dicha no es un estado perpetuo. En algún momento afloja.

Nadie hace digno un amor, solo porque vive satisfecho.

La dinámica del amor hace que la dignidad requiera una acción constante y diaria, y que usted acepte el desafío de esa mujer, y devolverle el doble de lo que ahora le están dando.  

De ahí que la tristeza consista en eso, ciertamente… No en apenarse porque no pudo comprarle un osito de peluche, sino, cuando emocionalmente no ha conseguido conmoverla de ninguna manera.

 

En vista de ello, varias veces afirmé que es una falacia tremenda, creer que los regalos y los piropos enamoran. No, no sucede de ese modo. 

Por eso sostengo con absoluta convicción que es imperdonable engancharse con quienes enarbolan esa clase de pensamientos livianos y mucho más terrible, abandonar la realización del verdadero amor.

Un hombre espera, porque la vida es una continua espera.

No obstante, quien espera el amor, en cierto sentido, transforma esa espera en víspera. Y déjeme decirle que la víspera amorosa, ya es el primer paso del amor.

Claro, pasa que a ratos, el desánimo y la contrariedad invaden toda la arquitectura espiritual. Pensará en la futilidad de sus intentos, en lo vano que han sido las noches de inspiración, o las formas indefinidas que suelen abundar en los sueños.

Todo anhelo que se pronuncie ineficaz, tentará a la renuncia.

Y al final, sufrirá todavía más… De acuerdo, pero desde una perspectiva, heroica y poética, creo que el alma no suele agradecer el silencio y las oscuridades de algunas renuncias.

A mí me parece que la exploración de una belleza, extraída de una pieza artística, nos ayudará a conocer un poco delas emociones más sublimes, que, virtuosas, empujará a encantarnos, a galopear en Pegaso o a creer en el amor de una mujer, con total estoicismo.

Yo no sé por qué imaginé un Aquiles, completamente distinto. Quizá la razón esté en esa disgregación que me pasa, cuando pienso en el amor…  En el amor de una mujer, claro. En ninguna otra cosa.

Para mí, Aquiles está desangrándose, mirando incólume, la proximidad de las Moiras. Y espera… Espera, envuelto en una última súplica “¡quiérame, quiérame pues no puedo morirme en cualquier guerra sin conocer la gloria del amor!”

Fíjese que el mismísimo dios Zeus renunciaba a la fuerza y servía humilde, ¡ante la belleza de una mujer mortal!

Aceptaba ir a la caza de aquella, esquiva e insondable, siempre mediante el arte y no recurriendo a la violencia. Tal era el aprecio de la belleza entre los Olímpicos, que fue insostenible para los hombres, pero también peligrosa para los dioses.   

Acerca de esto, coincido con Friedrich Schiller respecto a que, por naturaleza, la belleza impera sobre la fuerza y para alcanzarla, es preciso evadirse de la realidad, siguiendo la senda de la sensibilidad artística.

 

En la obra Las Troyanas de Séneca, Helena porta la antorcha de la felicidad que presupone el matrimonio.

Para el poeta Virgilio, en la Eneida, ella lidera la señal de fuego y comunica desde las murallas, el fin de la guerra. Sin embargo, suena a contradicción, puesto que su paso por Troya, condujo destrucción y muerte.

Agregando más sobre la teoría lumínica, Hesiquio contaba que si los navegantes veían una luz en el cielo, significaba un peligro inminente. Si la aparición era doble, valía el buen augurio de los Dioscuros. 

Otras tradiciones, por ejemplo, versaban de un sentido lunar, pues cae de la luna o confía que vive allí y está destinada a la tierra, por designio del dios Zeus. Además compartió la naturaleza del hombre antiguo, aquel que estaba dotado de gran sabiduría y amaba la justicia. Por ello Eustacio sustentaba la sacralidad de Helena… Fue sagrada para los hombres, porque había sido enviada por la divinidad.

 

Estesícoro ha sido el primer poeta griego en asegurar que no fue Helena, sino, un fantasma suyo, lo que fue a Troya.

La leyenda cuenta que cayó ciego, a causa de esa afirmación e inculpar a Helena de la Guerra de Troya. Arrepentido más tarde, recobró la vista tras una palinodia o canto de retractación, negando todo aquello.

Esta consideración tuvo continuidad en decenas de poetas… El nombre de Helena era apenas un soplo fugaz, eco de un sonido, el reflejo del agua.

En el Orestes de Eurípides, Zeus envía a Apolo para que raptase a Helena, justo antes que la maten. Tiene lugar un debate interesante en el Olimpo, donde se explica de manera genial, las múltiples hazañas que obran los dioses… El milagro. Lo que uno creía y pensaba de irrealizable, solo un dios lo hace llegar a la perfección. 

En otra obra suya, la Helena, Menelao considera posible que quien participó en la Guerra de Troya, haya sido un polvo de nube… Helena fue una percepción ilusoria. Y así, sospechando que aún esté viva, teme por su vida.

Regresa a Egipto y decide rescatarla del peligro, luego que un sabio le dijese que nada es más poderoso que la necesidad. 

 

Siglos más adelante, algunos personajes son citados en diversas obras.

 

A comienzos de la Divina Comedia, Dante y Virgilio descienden al Infierno. Las instalaciones infernales tienen la apariencia de un vórtice, dividido en 9 fracciones o círculos. Son extensos y dilatados, aunque estrechos y austeros, una vez procedido el viaje hacia el noveno y último.

Después de todo, los condenados no pueden aspirar a la opulencia y el confort, pensará Lucifer, mientras espera.

Los poetas llegan al segundo círculo, donde aloja a los lujuriosos y pecadores carnales, en definitiva, los que desearon apasionadamente y utilizaron el amor para fines propios.

Las almas de los penitentes chocan entre sí, agitadas por remolinos y sus deseos perseguidos durante la eternidad, pues solo conocerán el sufrimiento de la soledad.

Aquí están Minos, antiguo rey de Creta, junto a Radamantis y Éaco como jueces infernales, sentenciando a los condenados.

El procedimiento estaba dictaminado por la cantidad de vueltas que diese la cola de Minos. Los impíos, entonces, parados delante de él, confesaban sus penas. Minos, gran conocedor de faltas, enroscaba su larga cola, alrededor del cuerpo y establecía tantas veces los círculos que deberían bajar y recibir el castigo.

Dante dice haber visto agrandes personajes históricos, envueltos en torbellinos, entre ellos a Paris, Aquiles y Helena.

 

Ahora bien, más allá de las historias posteriores, donde la belleza de Helena es valorada de quimérica, utópica e irrealizable, existen versiones apócrifas muy interesantes.

Según la Etiópida, Helena no se unía a sus hermanos en el cielo, sino, como la futura compañera de Aquiles, en la isla de los Bienaventurados.

Muerto Aquiles, su madre Tetis recupera el cuerpo de la pira funeraria y lo traslada a la isla de Leuce, ubicada sobre la desembocadura del Danubio.

La hermosa Helena admite que no hay otro destino posible, pues supo que Aquiles había soñado con ella, mucho antes que la guerra. Entonces, decide reunirse con él, a pesar de la muerte y vivir juntos la eternidad.

Un poema, las Ciprias, deja entrever el deseo de Aquiles por Helena y la intervención de Afrodita y Tetis para que esto sucediera. Dice que durante la guerra de Troya, siendo ambos tan hermosos y que no se conocían, arreglaron un encuentro secreto entre ellos… Y que tuvieron un hijo.

No está muy claro en qué momento de la historia se produce, porque todos los príncipes griegos que pidieron su mano a Tindáreo, ya estaban comprometidos a sus esposas. Y, desafortunadamente, el héroe tenía poca edad cuando Tindáreo eligió esposo para su hija.

Tal vez ese pudo haber sido el principal motivo por el cual, Aquiles, no hubiese podido viajar a Esparta y resultar elegido como consorte.

Cuando finalmente comprenden que en verdad, Helena era apenas una alucinación, un soldado pregunta a Menelao “¿hemos ido a la guerra, hemos matado y nos han matado por un fantasma?”

 

Quienes caminamos por calles solitarias, con la insignia de poeta mal abrochada, ávidos de felicidades, bueno, conjeturamos que Helena hubiese elegido a Aquiles, sin dudas.

El elemento más crucial y angustiante, producto de una guerra o la persecución del mejor verso, en cualquier hecho literario, deberían conducirnos hacia el deseo de unirse con la mujer más hermosa de todas.

Un hombre no quiere amar, sino, a la mujer más hermosa.

La crónica de Licofrón tiene eso... Tiene ese atractivo que cada tanto comento, acerca de la revelación final, donde todos los arcos temporales y los acontecimientos más extraños, justifican y resuelven el desenlace, de la manera que uno esperaba cumplirse.

El autor ubica el destino de Helena en la isla de Leuce, en los confines del mundo, que no son terrenales, sino más bien, en un mundo lunar. Esto explica la etimología de su nombre, es decir, ella forma parte de una voluntad divina y está conectada con la luna.

Así explicaba el por qué Aquiles había amado a Helena en sus sueños, desde mucho antes que comenzara la guerra.

Y es así que la verdadera gloria no estaba en conquistar Troya, sino, la gloria del regreso al sueño primigenio… Aquiles y Helena estaban atraídos desde un inicio, eran el uno para el otro. Y más allá de destacarse como dos personajes de la literatura, la sucesión de eventos, la epopeya, no ha hecho otra cosa que reafirmar y darle mayor virtud a la espera.

Por lo tanto, me parece que la gloria de una espera amorosa, radica en el avistaje esencial, digamos, cuando empieza a palpitar, de manera espontánea y no solemne, el origen de todo... De una palabra, de una señal o un indicio y que ello encierra, claramente, lo que uno esperaba encontrar.

¿Quién sabe si el verdadero amor existe o apenas es solo una nube que intoxica los sentidos? Sin embargo, uno busca en el fondo de algunos ojos, pues dan vida al alma y a los pensamientos.

 

Es notable cómo esta sociedad prefiere los enamoramientos poco singulares y efímeros. Para muchos vale más emparejar por la mediocridad, que emparejar por la excelencia.

Aspirar a lo excelso exige mayor capacidad de indagación, de libertad en el corazón y una potencia, de esa que se necesitan para subsistir, fuera de los límites de los méritos.    

No vio esos que piensan en lo determinante de su belleza exterior o que, gracias al ejercicio de la obsecuencia, pretenden alguna clase de merecimientos y recompensas?

Bueno, error.

Aah, ¡cuántos se disfrazan de sensibles y, ya no hablemos de revolucionar, ni siquiera producen pequeños estallidos o chispazos en el alma! Tan pronto como alguien avance la senda de la comodidad y la levedad, el amor se vulgariza… Porque habremos de contentarnos solo en el detalle estético, en la consumación de los impulsos y adelantaremos un goce que, muy probablemente, no sea tal.

El amor implica alimentarse y dar en alimento unos placeres, unas percepciones que trascienden, en tiempo y forma. Pero además, porque ennoblecen al espíritu.

 

Mire, ¡es cierto eso! Aún seguimos participando en miles de guerras, caminamos hacia la desesperación artística, el desconsuelo de la metáfora ausente, etc. Y todo por la existencia de irrealidades.

Porque… Bueno, porque de algún modo, nos enamoramos de nubes. No solo la nube que fue Helena, para engañar al rey Príamo, sino, la propia nube que construimos, para engañarnos a nosotros mismos.

Nuestras enamoradas tienen sus defectos y sus virtudes, aunque la verdad y la precisión de esos datos nos están acaso vedadas. Solamente podemos percibir algo que construimos por nuestra percepción. Quizá imperfecta, tal vez, pero también por unos entusiasmos y unas felicidades llamadas amor, que distorsionan esas percepciones, o como sostenía Lord Byron, sentimos las verdades como ficcionales… No son unas miradas desde el perspectivismo, sino, totalmente ficcionales… No es que vemos a nuestra amada, desde un ángulo favorable. No, no. Inventamos completamente todo, incluso, hasta aquel ángulo que usamos para observarla.

Y de eso y no otra cosa, nos enamoramos. Y por eso y no otra cosa, vamos a la guerra de Troya, nos disfrazamos de Aquiles, o cantamos la Ilíada como Homero… O lloramos y reímos, o extrañamos y nos deprimimos, o queremos y soñamos, o apagamos las luces para siempre.

No hay manera de evitar estos fantasmas, pero me parece bien…  Está bien ese engaño casi espectral, porque el engaño artístico, conjetural, imaginativo, es muy necesario en el amor.

Si uno cree que lo aman y todas las percepciones confluyen en esa idea, es porque de alguna manera esto sucede.

Entonces, conviene no empezar a negar lo evidente, queriendo encontrar la trampa de las cosas, destruyendo las nubes, o las Helenas que nos enamoran cada día más.

Conviene sí, mantener la fe sobre aquello que solo nuestro cuerpo, nuestro espíritu reconoce, lo que sabe nuestro corazón, cada vez que se enciende, ante esas percepciones.

¿Qué sentido tendrá en algunos revisar el pasado, diría, de gente que está dedicada a las auditorías en silencio, bueno, de poesía de segunda mano… De tipos o minas que se quedan calculando y midiendo en qué momento fueron amados o si fue real aquel amor…? Y encima esperan que el presente tenga para ellos algún gesto pasado y les renueve algo que ya ha sucedido.

¿Qué sentido tendrá ahora eso, el buscarse hacia atrás, mirar detrás del secreto y analizar el engaño de esa nube, que ya no nos pertenece en absoluto?

El que busca, el que observa y espera el desengaño, no está preparado para el amor.

 

Suena mejor continuar en la marcha, detrás de esas nubes, admitiendo que uno se enamora de esas nubecitas, pero también seremos nube, de quien nos ama.

Finalmente, quien piense con ausencia de fe poética, no podrá disfrutar de los besos, de las Helenas de Troya, como tampoco enamorarse de los presentes.   

¿Qué nos importa si antes de Aquiles, hubo un señor hermoso y fuerte como Paris y antes, otro poderoso llamado Menelao? ¿Qué nos importa a los que sostenemos con el corazón, la única Helena, que uno viene desandando en sueños, desde muchas vidas atrás?

Nos importará solo en la medida que esas peripecias nos llamen la atención, sobre un sentido de la vida. ¿Y qué otro sentido tendrá la vida, si no es el amor, junto a la mujer más hermosa del mundo?

 

Esperemos que nuestro corazón, oiga las voces que deben ser oídas y que estén vestidas como esas nubes… Esas nubecitas que tanta poesía le regalamos y tanto nos fascinan.

 

Nacho 

 

9/6/14