Noche en Recoleta (1ra parte)


Hoy voy a compartir una singular charla que tuve en el paquetísimo barrio de la Recoleta, en la agradable compañía de una vieja amiga.
La noche discurría entre los asuntos de la actualidad, hasta que propone salir de allí y conversar acerca de los amores pasados. Lo hace del siguiente modo…
  - Cuando finaliza la relación de pareja, hay uno que sigue amando. ¿A qué se debe?
  - Hegel lo explica muy bien en su “Dialéctica del amo y el esclavo”. Podría contársela cómo es, pero no creo que tenga ganas de escuchar filosofía y menos a esta hora.        
  - ¿Por qué?
  - Porque hablar de filosofía no garpa. Sobre todo en una sociedad como esta, ordenada y disciplinada. La filosofía ayuda a reflexionar más allá de las convenciones. Argumentos que se dan por indiscutibles y que, vistos con la lupa del pensamiento, adquieren un significado distinto. Esto no significa que la filosofía vaya a tener la verdad revelada, pero justamente, ayuda a desconfiar de los que hablan en nombre de la verdad.
  - A mí no me molesta, al contrario. Me gusta aprender. Por eso quiero que me cuentes qué decía Hegel…
  - Según Hegel, el hombre es una relación deseante. Este hecho le concede postular que no desea como los animales, que poseen deseos inmediatos y biológicos y son indispensables para alimentarse y reproducirse. Al animal no se le impone un proceso de aprendizaje específico y por ende, ningún elemento lo condiciona, porque carece de conciencia. Su inmediatez con la cosa deseada lleva a consumirla. Nosotros, en cambio, deseamos deseos. Deseamos los deseos de otros. Y lo que hace que un hombre sea tal, es su deseo de deseos. Por eso el deseo tiene una dimensión social, porque el deseo humano es deseo de reconocimiento. El hombre puede desear una cosa, pero cuando otro la desea, impone su deseo a este. Obliga a que se reconozca su derecho a la cosa.
  - El ser humano tiene sociabilidad, educación y cultura. Esa complejidad resulta decisiva para lograr un comportamiento y sobre todo, para diferenciarnos del resto.
  - Claro. Lo interesante de Hegel es que no existe un deseo inmediato. Hay un punto intermedio, producto de la imaginación o recordar alguna experiencia que involucre al placer. Primero se revela el objeto y más tarde, en el deseo se constituye finalmente el otro. Quien realiza el conocimiento –es decir, el sujeto cognoscente- absorbe lo que descubre y después se pierde dentro del objeto mismo, pues el sujeto advertido y contemplado, regresa bajo la figura de un deseo. Naturalmente, el objeto refiere a otro hombre, a otra conciencia. Ahora bien, como vivimos en una comunidad de deseos y antagonismos, se trata de una lucha por ser reconocido. ¿Y cómo se desarrolla esta lucha? Hegel indica que el sujeto A desea ser reconocido por el sujeto B, en tanto un valor autónomo. Para que tenga lugar el reconocimiento, el sujeto B tiene que someterse al deseo del sujeto A. Desde luego, tiene un desenlace… Ya que ambos deseos identifican la existencia de un desafío, se resuelve que una de las dos conciencias admita el miedo. El miedo es lo que resuelve el deseo. Como teme morir, cede su deseo a ser reconocido. Por lo tanto, aquel que desea ser reconocido, acaba sometiendo al otro.
  - Y este sometimiento, ¿cómo se interpreta en el amor?
  - A partir del que ama menos. Siempre hay uno que ama menos que el otro. La parte que solo desea ser el deseo del otro, es la que menos se involucra en la construcción de afecto. Y una vez clausurado el romance, no se entristece. Siente la indignación de ya no ser el valor deseante del otro. ¿Por qué? Porque el que ama menos cree que el otro es una propiedad, sin posibilidad de transferencia. A medida que pasan los años, el recuerdo de la separación se convierte en un reclamo permanente. Es decir, no vuelven porque extrañan realmente, sino porque dan por hecho que ese otro les pertenece de por vida.
  - ¿Y qué sucede con la parte que más ama?
  - El que más ama es el que protege a la pareja de los conflictos. Sin embargo, hago ver aquí una objeción y es que el que ama, teme su propia extinción. Por lo cual, es innegable que el amor tiene algo de paralizante… Detiene el tiempo. Arrastra una consigna casi divina que consiste en quedarse y recordar al que ha partido. Pone excusas de segundo orden a una nueva relación y solo deja abiertas sus puertas al ausente. A partir del abandono comienza una actividad detectivesca para comprender las razones que causaron la partida. Después se aplaca y ese vacío del alma se traslada hacia el arte, con toda su gama de contradicciones. Bueno, tal es el caso de la música.   
  - (Se ríe) ¡Me adivinaste el pensamiento! Hay mucha contradicción en la música.
  - Depende el género. Pero es verdad, algunas letras desconciertan. Una canción parece hablar del que hará lo imposible por alguien, hasta que llega el estribillo y se da cuenta de que fue una ilusión y entonces desea finalmente que lo castigue el olvido. Bue, ¿en qué quedamos? ¿Arriesgo el pellejo por una mina? ¿O la deposito en la estantería de los amores imposibles, así me quedo más tranquilo? ¡Por favor, seamos serios con los sentimientos! El enamorado no quiere el olvido, de ningún modo. Yo creo que como las canciones tienen una duración, no es posible expresar todo lo que uno siente en 4 o 5 minutos. La canción es un recorte de lo que se pretende decir. Por eso hay que ser muy contundente en las palabras. Ahí está el asunto. No me molesta ese recorte empleado en la música, pero caemos en la tentación del divague. En el transito confuso de metáforas. Y creo que uno no puede ser metafórico a la hora de confesar un amor. O sea, está frente a la mujer que le gusta… ¿Y qué hace? ¿Comienza a realizar una serie de visajes y alegorías para decirle que la ama? No me parece. Se lo dice sin tantos rodeos. El firulete artístico conviene dejarlo para después, una vez que ya son novios.    
  - ¿Hay amores imposibles?
  - No, para nada. Eso sí, quitemos de este comentario a los que se enamoran de las actrices y los cantantes, que son elucubraciones adolescentes, contaminadas de idealismo. No, no. Hablemos desde la madurez. Del hombre que es capaz de no dormir, pensando en una mujer. Discúlpeme que sea tan crudo, pero el amor imposible es una manera de no admitir nuestra fealdad ante el otro. Es alcanzar la certeza de que no le gustamos a la persona que tanto nos gusta.
  - Supongamos que me gusta un tipo, pero no sé qué le pasa a él… ¿Y entonces? 
  - Habría que decírselo, ¿no? A lo mejor ambos juegan a negar una situación evidente y por orgullo, esperan que sea el otro quien dé el primer paso. ¿Y por qué no lo hace usted? Lo que pasa es que para la sociedad, la mujer que encara no es bien vista. Y así, la mujer que está enamorada, solo tiene dos caminos… Desoír el criterio de la masa machista y jugársela, o temerle a la crítica social y obedecer los mandatos. La vida es una encrucijada fatal, donde cada decisión tomada, supone un destino incierto. Y entonces, ¿qué decide?
  - Yo pienso que el amor es un viaje.
  - Ahí me va gustando. Sí, señor. Es un viaje del alma. Un camino que seguramente estará regado por numerosas diosas, al igual que sus tentaciones. Sin embargo, hay una y solo una que ha sido señalada por un gesto inexorable del destino. Bueno, hacia allí vamos.

La mitología hindú cuenta una disputa alrededor de un licor que prodigaba la luna.

Este licor lechoso se llamaba amrita y era el alimento favorito de los dioses, porque además de sabroso, otorgaba la inmortalidad.
Ahora bien, los titanes, que fueron enemigos de los dioses, también quisieron hacerse con aquella bebida. Desde luego, se desató una feroz lucha, pero los titanes habían aprendido un conjuro para resucitar a los muertos. Y entonces, cuando alguien caía en la batalla, volvía al combate sin demasiado trámite.  
Los titanes estuvieron a punto de ganar la batalla, entonces los dioses consultaron a Brahma, el dios creador y a Visnú, el dios protector. Ellos aconsejaron la paz. Sugirieron que ambos bandos colaboraran en la extracción de la amrita en la luna.

Porfiados, los titanes no aceptaron y estaban a punto de vencer, cuando a Visnú se le ocurrió una idea… Visnú se convirtió en una bailarina exótica.      
Los titanes se desentendieron inmediatamente de la batalla y no dejaron de observar a la hermosa bailarina. Fue ahí que los dioses aprovecharon el deslumbre de aquella belleza… Se adueñaron de la amrita y la llevaron a sus moradas.

Cuenta que los dioses todavía beben la amrita en el monte Meru, en sus espléndidos palacios… Siempre jóvenes y atractivos.
Mientras tanto, los hombres continuamos aquí abajo, deteriorándonos, muriendo. Y extraviando toda nuestra vida, sobre aquella hermosa bailarina exótica.

Si el amor es un milagro que ilumina la vida, al igual que la inmortalidad a la muerte, probablemente el arte indispensable, no para definir a la mujer que amamos, sino para definir todo lo que uno siente por ella. Que no es poco. Por eso el arte suele escaparse de las manos.

Uno al ama al otro, por lo que el otro es. Ni más, ni menos. Es decir, no vale hacer rimas de último momento y jurar que ama a esa persona, solo porque le dio bolilla. No. Eso es mala poesía.

Yo sé que necesito mil vidas para comprender que no puedo huir de los arrabales del corazón amado… De la mujer que amo.
Así que tengo malas noticias… Va a ser falta echarme de muchos sitios para que me vaya, porque yo decido no irme y seguir adorándola desde el primer día que la descubrí.

Esta charla tiene una continuación, por lo cual, quiero dedicar la primera parte a usted, la mujer más hermosa del mundo.

Nacho
24-12-18