Los piropos

 

 

Imagínese a un señor caminando y en dirección opuesta, una mujer hermosa. Antes que salga de su vida en la siguiente esquina, el señor hace algo que no es el acoso callejero. Algo que no es una humillación pública. Algo que no es un deseo obstinado. Algo que no está dictado por la más ciega y vulgar de las calenturas. No, no. Simplemente regala unas nobles palabras y a cambio recoge una pequeña sonrisa. Pero, ¿cómo? ¿Nada más? Sí, señor. ¡Nada más y nada menos!

En materia de levante, la cultura porteña tiene piropos. ¿Y qué son los piropos? Palabras, elogios o frases que saludan la belleza de una persona o resaltan alguna de sus cualidades. Por eso muchos coinciden en postular que cuando una belleza nos impacta, esa belleza necesita ser volcada o pulida en los atanores del arte, del pensamiento, la nigromancia o del espiritismo. Desde luego, sea el foro en el cual desee anclar esa sensación de belleza recibida, siempre habrá de ser personal, quiero decir, uno no anda lanzando piropos a cualquiera y porque, además, ninguna belleza es repetible.  

El catálogo de mitos de Palermo conserva un extraño episodio… En una fría noche de junio, el espectro de una mujer muy hermosa salió a repartir impares consecuencias. Los imprudentes juraron no haberla visto a los ojos y enceguecieron al instante. Los menos osados prefirieron distanciarse y sensibilizarse con la enigmática mujer desde las sombras del escepticismo.

El primer síntoma de que la atracción amorosa está en decadencia es la forma que se transgreden los límites entre la galantería y la grosería. El avance amoroso sucede sin demora, sin permiso, sin descaro. Sin temor a mostrarse ofensivos, porque desapareció la indiferencia. Justamente, la inconducta del poligrillo convierte al que sanamente desee rendir un respeto a la belleza, en una nueva víctima del rechazo. ¿Y entonces? ¿Qué hago para que un pequeño acto de caballerosidad –ejemplo, dejarla que pase primero–no oculte una malvada intención? Mientras tanto, ella estará pensando, «¿Qué pretende al cederme el asiento?». «¿En qué momento me faltará el respeto?» Si tiene mucha suerte, agradecerá su amabilidad. Y es una verdadera lástima que las señoritas duden de la cortesía o crean que ya no existan caballeros.

Deberíamos lamentarnos de los irrespetuosos, asimismo de los caballeros que hoy tienen vedado el acercamiento a una señorita, porque enseguida se produce una situación violenta o desagradable, sea cual fuere la conducta que viniere a adoptar.

 

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Un error muy frecuente e imperdonable es la confesión entre amigos. Vea, nunca debe confesar los sentimientos ni asuntos que lo perturban. Ni hablar con los sujetos que comparte salidas ¿Cómo vamos a hablar con otros tipos sobre mujeres, sabiendo la clase de bestias que son? Hay que estar un poco loco del balero...

Dicen que los hombres que hablan con otros hombres de mujeres, en realidad hablan de ellos mismos. Al contrario, los que guardan celosamente sus impresiones evitan competencias desleales. Incluso aunque se les note. No importa.

Ahora, nada peor que quien señala «¡MIrá qué cola!». Ese comentario contamina y deshilacha el deseo que comenzaba a incendiarme alrededor de una mujer que ya había visto. Segundo, no es así como debe entenderse al deseo. El deseo no se explica, invade. No es una experiencia en la cual bastará arrojar una moneda y esperar que las mujeres se agachen a recogerlas y después ponerse a espiar... No es así. ¡No quiero! Y si es así, no quiero enterarme que sea así.

Cuando la belleza de un cuerpo es profanada por un tonto y lo describe tan mal, en términos tan burdos, esa belleza empieza a desagradarme. Y diré que no es culpa de las palabras usadas, sino la facilidad con la que los imbéciles manosean la belleza.  Es a partir de la profanación de terceros donde siente que el deseo, el amor o interés intelectual que había encendido en usted una esperanza, pronto es manoseada y decrece y se apaga.

El piropo nunca resulta ingenioso. Todo juego y malabares en cuestiones amorosas que no se proponga una maniobra dilatoria, que no se proponga la seducción lisa y llana, vamos, que el tipo no se proponga ganarse a una mina, en fin, padecerá un momento humillante… Salvo en el hipotético y rarísimo caso en el que el piropo sea un homenaje. Pero claro, esta clase de homenajes no son muy deseables que digamos.

Repudio al piropo hijo de bocinazos, de albañiles en una obra o exclamaciones lanzadas desde los colectivos. Especialmente del compadrito que, socolor de picaflor, estropea la legitima seducción que uno desearía desplegar. Imagínese parado en la esquina. De pronto, a lo lejos divisa lo que parece ser la mujer de su vida. A medida que se acerca, planea expresarle emociones sinceras, confesar imágenes que despertaron en su corazón, etc. Sin embargo, justo antes que pase delante suyo, alguien se adelanta y dice «Nena, ojalá fueses vampiro así te clavo la estaca Listo. Todos quedaron fuera del juego. Incluido usted, porque la mina no es tonta y vio que formaba parte del grupo. Y entonces siente obligación de explicarle que no es un ordinario. Apela a contarle que estuvo llorando por un destino esquivo, que vio las señales del cielo, que fue y vino de la muerte, que durmió en un ataúd inundado de agua como los escribas de la Edad Media, etc. Pero ya es tarde. La señorita salió rajando sin saber quién fue el autor de aquel piropo… La belleza siempre acaba opacada frente a la imbecilidad.

El hombre que no posee un terreno sagrado, pues no sirve para nada. Dichos terrenos están emplazados dentro del alma y varían en extensión. Eso sí, las cosas sagradas no deben pisotearse bajo ninguna circunstancia.

Por eso detesto a los que creen que todo está permitido. Necesitan manifestar lo que observan, convencidos que están jugándose la ficha más alta y que esa maniobra no pasará desapercibida y será anotada como definitiva. Sin embargo, me parece que la belleza femenina es un llamado a la contemplación individual, ayuna de cualquier recompensa.

 

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Aquel que aplica técnicas de hostigamiento, cerrándole el paso, vociferando barbaridades, etc., no puede aspirar a ninguna seducción. En todo caso tendrá que modificar la conducta, ¿o acaso creen que gritando groserías recibirán el beneplácito de las damas? Calcule, ¿no? La mina cruza de vereda y le dice al tipo, «La verdad es que su falta de respeto me ha impresionado tanto que deseo iniciar de inmediato una relación con usted». No me parece. Y si no, ¿qué propone el tipo? Él no quiere acercarla, más bien alejarla de su vida para siempre.

De modo que hay dos clases de conductas bastante claras. Y si tienen que ser distinguidas por alguien, justamente, está en manos de las señoritas. Distinguir entre el caballero que trata de alejarlas mediante conductas hostiles y canallescas y el otro que percibió un rastro de belleza en la señorita y quiso hacérselo saber a través de un cumplido.

Contaba a un amigo, mitad en serio y mitad en broma, que cuando la belleza de una señorita me impactaba, me encerraba a sufrir durante un tiempo para sentirme digno de su amor. Al cabo de los años, de una década o una vida, volvía a acercarme a ella y le decía, “He sufrido lo inconcebible, nada más que para conocerla”. Si a pesar de ello, la señorita se empecinaba en gambetearme y seguir de largo, bueno, estaba bien… Al menos esta vez sabía que su rechazo era injusto.      

A estas alturas, los antiguos piropeadores parecen haber mutado en agentes del acoso. Y la sociedad no puede hacer demasiado gracias al carácter gratuito del piropo. No existe reglamento que prohíba la actividad del papafrita ni mujeres que transiten determinadas calles porteñas. Lo peor es que sucede en tanto la mujer tuvo la desgracia de pasar por allí, no porque lo haya buscado ni elegido a propósito. Por ende, ninguna mujer se siente elegida a través del piropo, sino objeto casual de deseo. A lo mejor habrá que elevar la apuesta, es decir, acompañar a la dama durante unas cuadras y luego, sí, confesarle que usted la ha visto en un caldero mágico. No estar sentado de brazos cruzados y adoptar actitudes obscenas a una dama que ni siquiera conoce. ¿Qué espera? ¿Que detenga el paso para agradecer sus palabras y proponerle que sea su novia, ahí mismo?

Otra razón por la cual es poco simpático el piropo, es que se tira para no lograr nada y en el amor, todo acto de seducción tiene que conducir hacia algo.

El que dispone de su tiempo en regalar cosas a una mina, hablarle, hacerse el amigo, invitarla a un café, etc., se arriesga a que lo rechacen por pesado. Sí, es verdad, pero al menos quiere algo. Después discutimos si tales acciones son realmente eficaces o no...

Sentarse en el umbral de una casa y decirles cosas a las minas es propio del que no quiere absolutamente nada. Por eso, repito el concepto del inicio… El piropo cumple una función aún peor, esto es, alardear delante de los amigos. El piropo no se hace para seducir al otro, sino para que los demás escuchen y comenten. Esa suerte de audacia que despierta el piropo para que oiga aquel que pasa delante suyo, en realidad intenta seducir a los que están junto al piropeador.

La intención del piropo es lograr el beneplácito de los presentes mediante la ofensa. Sea dicha desde arriba del auto, caminando o mientras espera el tren.

El tipo reunido con un grupo de amigos en una pizzería y observa a dos mujeres esperando el colectivo, no quiere levantarse a las minas. Quiere cautivar a sus amigos. De ahí que cuanto más degradante el piropo, más ingenioso resultará. ¡Una porquería! Prefieren la seguridad de una misoginia ejercida desde una pizzería o tapar la belleza de una mujer a bocinazos.  

Yo quisiera creer que los caminos del amor no son gritarle cosas a una mujer, porque requiere algo superior y otra clase de apuesta. El piropo no es una preferencia sexual, sino social. Hay muchos más tipos hablando con sus amigos sobre minas, que tipos con minas filosofando sobre el universo.    

Buenas noches.

Nacho

Jueves 30 de abril de 2026